LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Noemí leyó los números.
—Nueve, nueve, punto, nueve, nueve… —susurró.
Levantó la vista. Gloria la miraba, conteniendo la respiración.
—Dice positivo, abuela. Dice que sí. Dice que soy tu sangre.

Gloria soltó el aire que tenía contenido en un sollozo seco. Cerró los ojos y levantó la cara al techo.
—Gracias… Gracias…
Luego, abrió los ojos y miró a Noemí. Ya no había lágrimas. Había fuego. Puro y abrasador fuego.
La transformación fue completa. La anciana enferma desapareció por completo. La mujer que estaba sentada en la cama era la poderosa matriarca que había levantado un imperio de la nada.

—Ya no hay dudas —dijo Gloria, con una voz que podría haber cortado vidrio—. Ya no hay miedo. Ahora tengo el papel. Tengo la ley. Y te tengo a ti.
Extendió la mano y tomó el folder. Lo apretó contra su pecho como si fuera una espada.

—Noemí —dijo Gloria—. Ve a mi clóset. Saca la maleta roja que está al fondo.
—¿Nos vamos? —preguntó Noemí, confundida.
—No. Nosotros no nos vamos a ninguna parte. Esta es nuestra casa. Ellos son los que se van a ir. Pero antes… vamos a prepararnos para la gran función.

Gloria miró el calendario en la pared.
—Mañana es la Junta Directiva Mensual de la empresa. Enrique va a intentar vender la división de logística para cubrir sus deudas de juego. Lo escuché hablando por teléfono ayer.
Gloria sonrió, una sonrisa terrible y magnífica.
—Mañana, los muertos van a caminar. Y tú, mi querida Luciana, vas a dejar de ser cenicienta para siempre.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Noemí, sintiendo la electricidad del momento.
—Necesitas ropa. Ropa de guerra. Saca el dinero que queda. Llama a Martha. Dile que venga. Es hora de reclutar a nuestro ejército. Martha odia a Vanesa tanto como nosotras. Hoy, ella se une a la rebelión.

Noemí corrió a buscar a Martha. La encontró en la cocina, pelando papas.
—Martha, ven. La señora Gloria te habla.
Martha la miró extrañada.
—¿Me habla? ¿Cómo que me habla? Si la señora apenas balbucea.
—No, Martha. Te habla de verdad. Ven.

Cuando Martha entró al cuarto y vio a Gloria sentada, peinada, con los documentos en la mano y una mirada de acero, casi se desmaya. Soltó el cuchillo de las papas.
—¡Jesús, María y José! —exclamó Martha, llevándose las manos a la boca—. ¡Señora Gloria! ¡Es un milagro!
—No es un milagro, Martha, es estrategia —dijo Gloria—. Cierra la boca y cierra la puerta. Siéntate. Tenemos mucho trabajo que hacer y poco tiempo. ¿Estás conmigo o estás con ellos?

Martha, con los ojos llenos de lágrimas, se arrodilló junto a la cama y le besó la mano a Gloria.
—Con usted, señora. Siempre con usted. Esos desgraciados han convertido esta casa en un infierno.
—Bien. Entonces levántate. Vas a salir con Noemí. Van a ir a una tienda que yo les diga. Van a comprar un vestido. No un vestido de niña, un vestido de heredera. Y zapatos. Y quiero que vayas a la estética y les digas que vengan a domicilio mañana a las 7 AM por la puerta de servicio. Me van a arreglar.

—¿Y si la señora Vanesa se da cuenta?
—Vanesa no se despierta antes de las 10. Para cuando ella abra los ojos, nosotras ya habremos dado el golpe.

Esa noche, la mansión estaba tranquila, pero en el cuarto de servicio, bajo la cama de Noemí, descansaba un vestido azul marino de corte impecable, unos zapatos negros de charol y, lo más importante, el folder azul con la prueba de ADN.
Noemí se acostó, pero no pudo dormir. Miraba el techo, imaginando el día siguiente. Imaginando la cara de Vanesa. Imaginando la cara de su padre… no, de Félix, cuando se enterara.

Se tocó el hombro, justo donde estaba la marca de la luna.
Luciana —susurró, probando el nombre en su lengua. Sonaba extraño, elegante, fuerte.
Adiós, Noemí. Gracias por sobrevivir. Pero ahora le toca a Luciana salir a pelear.

Afuera, una tormenta eléctrica empezaba a formarse sobre la Ciudad de México. Truenos lejanos retumbaban, anunciando que el cielo también estaba listo para la tormenta que se desataría dentro de la mansión Montenegro al amanecer.

CAPÍTULO 6: EL RETORNO DE LA DAMA DE HIERRO Y LA NIÑA DE CRISTAL

El amanecer sobre la Ciudad de México llegó lavado por la lluvia de la noche anterior. El cielo tenía ese color gris perla, limpio y frío, que promete un día despejado pero helado. En la mansión de Las Lomas, el silencio habitual de la mañana se sentía diferente. No era un silencio de sueño, sino de contención, como el momento justo antes de que una presa se rompa.

Eran las 6:30 de la mañana.

En el cuarto de servicio, convertido ahora en cuartel general, el aire olía a laca de pelo, a café fuerte y a nervios traicioneros. Martha había cumplido su misión con precisión militar. A las 6:00 en punto, había abierto la puerta trasera para dejar entrar a dos figuras encapuchadas: Luis y Mari, los estilistas de confianza de Gloria de toda la vida, a quienes Vanesa había despedido años atrás por ser “demasiado viejos y pasados de moda”.

Luis, un hombre delgado con manos de pianista, lloró en silencio cuando vio a Gloria sentada en la silla de madera, iluminada por una lámpara de escritorio.
Mi Doña… mi Doña Gloria… —sollozó, tapándose la boca—. Nos dijeron que estaba… ida.
—Estoy de vuelta, Luis —dijo Gloria con voz firme, aunque sus ojos brillaban—. Y necesito que me hagas un milagro. Tengo cara de cadáver y hoy necesito cara de presidenta. Bórrame diez años y cinco infartos de encima.

—Lo que usted ordene, jefa. Vamos a sacarle brillo al diamante.

Mientras Luis y Mari trabajaban en Gloria, tiñendo las raíces blancas, aplicando base para ocultar la palidez y devolviendo la arquitectura a su peinado característico (ese chongo alto, impecable, que intimidaba a los hombres de negocios), Noemí vivía su propia transformación en la esquina del cuarto.

Sobre su cama, extendido como una piel nueva, estaba el vestido.
No era un vestido de princesa de cuento de hadas con holanes y brillos. Gloria había sido específica: “No quiero que te veas como una niña disfrazada. Quiero que te veas como una Montenegro. Sobria. Elegante. Cara.”
Era un vestido azul marino de lana fría, corte recto, cuello bebé blanco y mangas largas. Un abrigo color camello a juego y unos zapatos de charol negro con una pequeña hebilla plateada.

Noemí se quitó el uniforme gris de sirvienta. Ese trapo que olía a cloro y sudor, ese trapo que la había definido durante seis meses. Lo dejó caer al suelo y lo pateó lejos.
Se puso las medias blancas nuevas. Se puso el vestido. La tela se sentía suave, pesada, protectora.
Se abrochó los botones.
Martha se acercó con los zapatos.
—Siéntate, mi niña. Déjame ponértelos. Como a la Cenicienta.
—No, Martha —dijo Noemí, tomando los zapatos—. La Cenicienta esperaba a que el príncipe la salvara. Yo me los pongo sola.

Se calzó los zapatos. Le quedaban perfectos. Se puso de pie.
Había un espejo de cuerpo entero recargado en la pared, uno que Martha había traído de una habitación de huéspedes.
Noemí se miró.
El aire se le atoró en la garganta.
La niña que la miraba desde el cristal no era la sirvienta mugrosa que había llegado de la sierra. No era la niña golpeada por Amalia.
Tenía el pelo limpio, cepillado y sujeto con una diadema de terciopelo. Su piel, aunque aún tenía marcas tenues de su pasado, brillaba limpia. Pero lo que más había cambiado eran sus ojos. Ya no miraban al suelo. Miraban de frente. Fieros. Oscuros. Inteligentes.

Luciana —susurró a su reflejo.
Esta vez, el nombre no se sintió extraño. Se sintió como un guante a la medida.

—Estás hermosa —dijo una voz detrás de ella.
Noemí se giró.
Gloria estaba de pie, apoyada en su bastón de ébano con empuñadura de plata.
La transformación era total. Luis había hecho magia. La “Momia” había desaparecido. Frente a ella estaba la Dama de Hierro. Llevaba un traje sastre de Chanel color gris acero que había estado guardado en naftalina, un collar de perlas legítimas y sus lentes de armazón grueso. El maquillaje disimulaba las arrugas de dolor y resaltaba la dureza de su mirada.
Seguía estando delgada, frágil si uno miraba de cerca, pero su postura irradiaba una autoridad tan potente que nadie se atrevería a cuestionar su salud.

—Doña Gloria… —Noemí corrió a abrazarla, con cuidado de no arrugar la ropa—. Se ve… poderosa.
—Me siento como un tanque de guerra oxidado que acaban de pintar —admitió Gloria, guiñando un ojo—. Pero el motor todavía ruge. ¿Estás lista, mi teniente?
—Lista, mi general.

Gloria miró su reloj de pulsera.
—Son las 8:15. Enrique y Vanesa ya se fueron. Hoy tenían prisa por llegar a la empresa para vender mis activos. Creen que van a firmar la venta de la división de transportes a las 9:30.
Gloria sonrió con malicia.
—Les vamos a arruinar el desayuno.

—¿Cómo nos vamos a ir? —preguntó Noemí—. El chofer de la casa, Beto, es espía de Vanesa. Si le pedimos que nos lleve, le va a avisar.
—Por eso no vamos con Beto —dijo Gloria—. Vamos con lealtad.

Gloria sacó su celular prepago y marcó un número.
—Rogelio. Estamos listas. Entra por el portón principal. Sí, tienes el código antiguo, nunca lo cambiaron porque son unos flojos. 1985. Te veo en la puerta en dos minutos.

Salieron del cuarto de servicio.
Caminar por el pasillo principal de la casa, vestidas así, a plena luz del día, se sentía surrealista. El sonido de los tacones de Gloria (clac, clac, clac) y los zapatos de charol de Noemí resonaba en el mármol.
Pasaron por la cocina. Las otras dos muchachas de servicio, que estaban lavando platos, se giraron al oír los pasos.
Al ver a Doña Gloria de pie, vestida de gala, y a la “Tlacuache” transformada en una niña rica, soltaron los platos. Se rompieron en el suelo, pero nadie hizo caso al ruido.
—¡Ay, Diosito santo! —gritó una—. ¡Es un fantasma!
—Cierra la boca, Juana —dijo Gloria sin detenerse—. Y barre esos platos. Si Vanesa llama, díganle que estoy dormida y que nadie puede entrar a mi cuarto porque tengo migraña contagiosa. Si abren la boca antes de tiempo, las despido. Si se callan, les aumento el sueldo el doble mañana. ¿Entendido?

Las muchachas asintieron frenéticamente, mudas del shock.
—Sí… sí, patrona.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.