Noemí salió del cuarto y cerró la puerta tras de sí. Se paró en el pasillo oscuro, justo cuando la silueta de Enrique aparecía al final, caminando hacia la cocina.
Enrique iba en calzoncillos y una camiseta sucia, rascándose la barriga. Iba tambaleándose, medio dormido y medio borracho todavía.
Al ver la sombra en el pasillo, Enrique dio un brinco.
—¡Ay, cabrón! —gritó—. ¿Quién está ahí?
Noemí se hizo pequeña contra la pared.
—Soy yo, patrón. Noemí.
Enrique parpadeó, tratando de enfocar.
—¿Qué chingados haces despierta a esta hora, gata? Me asustaste.
—Perdón, señor… es que… escuché ruidos en el cuarto de la señora Gloria. Estaba tosiendo mucho. Fui a ver si se estaba ahogando.
Enrique resopló, molesto.
—Ojalá se ahogara y nos hiciera el favor a todos. ¿Y? ¿Se murió?
—No, señor. Se volvió a dormir.
—Maldita vieja hierba mala… —masculló Enrique—. Quítate, voy por agua. Tengo la boca seca.
Enrique pasó junto a ella. Olía a sudor rancio y whisky barato. Entró a la cocina, abrió el refrigerador y bebió agua directamente de la botella.
Noemí se quedó estática en el pasillo, rezando para que no se le ocurriera asomarse al cuarto de su madre.
Enrique salió de la cocina, se limpió la boca con el brazo y volvió a mirar a Noemí.
—Oye…
—¿Mande?
—Ya que estás despierta… ¿por qué no subes a mi cuarto? Vanesa está profundamente dormida con sus pastillas. Podríamos… platicar.
El corazón de Noemí se detuvo. Otra vez. El depredador acechando.
Pero esta vez, sabía que tenía a dos hombres y a su abuela a metros de distancia.
—Lo siento, patrón. La señora Vanesa me dijo que mañana tengo que lavar todas las cortinas de la sala a las 5 de la mañana. Si no duermo una hora más, me voy a desmayar y ella se va a enojar mucho. Usted sabe cómo se pone.
Mencionar a Vanesa fue el truco. Enrique le tenía miedo a su esposa.
—Pinche Vanesa… está loca —murmuró Enrique—. Está bien. Lárgate a dormir. Pero un día de estos no te vas a escapar.
Enrique subió las escaleras, arrastrando los pies.
Noemí esperó hasta escuchar el portazo de su habitación arriba.
Sus piernas temblaron y tuvo que recargarse en la pared para no caerse.
Regresó al cuarto de Gloria.
—Ya se fue —susurró.
El notario salió del clóset, pálido como un papel y temblando. El doctor salió del baño.
—Eso estuvo demasiado cerca —dijo Salazar—. Tenemos que irnos. Gloria, tengo las muestras. Benítez tiene la declaración. Esto es suficiente por ahora.
—Váyanse —dijo Gloria—. Y tengan cuidado al salir.
Noemí los escoltó de vuelta a la salida trasera. Cuando cerró el portón y vio a las dos figuras desaparecer en la oscuridad del callejón, sintió que le quitaban una losa de encima.
Regresó al cuarto, desactivó la alarma, se quitó los tenis y se metió en la cama.
Pero no durmió.
Miró el techo, sonriendo.
Habían ganado la primera batalla.
Los siguientes dos días fueron una tortura de espera.
El tiempo parecía haberse convertido en melaza. Cada minuto duraba una hora.
Noemí seguía con su rutina: barrer, trapear, aguantar los gritos de Vanesa, esconderse de Enrique. Pero ahora, cada vez que miraba a sus “patrones”, no sentía miedo. Sentía lástima.
—Disfruten su desayuno —pensaba mientras les servía café—. Porque pronto se les va a acabar el pan.
En el cuarto de Gloria, la educación continuaba, pero ahora era diferente. Ya no eran solo lecciones de negocios. Eran lecciones de identidad.
Gloria le contaba historias de Daniel.
—Tu padre amaba los aviones —le dijo una tarde mientras Noemí le daba un masaje en los pies—. Quería ser piloto, pero yo lo obligué a estudiar administración. Fui dura con él. Tal vez demasiado dura. Pero era bueno. Tenía un corazón blando, como tú.
—¿Y mi mamá? —preguntaba Noemí, ávida de detalles.
—Clara… Clara era luz. Era pintora. Llenaba la casa de cuadros extraños que a mí no me gustaban, pero que hacían reír a Daniel. Ella te cantaba todo el tiempo. Decía que tenías música en las venas.
Noemí absorbía cada palabra como una esponja. Estaba construyéndose a sí misma con los pedazos de memoria de su abuela. Ya no era “la recogida”. Era la hija de un piloto frustrado y una pintora alegre. Tenía raíces.
Al tercer día, por la mañana, llegó el paquete.
Noemí estaba barriendo la entrada cuando vio llegar una motocicleta de mensajería.
—Entrega para el Doctor Salazar… ah no, perdón, es de parte del Doctor Salazar para la señora… Martha —dijo el mensajero, leyendo mal la etiqueta a propósito. Era el código.
Noemí corrió a la puerta antes de que Martha pudiera salir.
—Yo lo recibo, joven. Es medicina para la cocinera, le duelen las rodillas.
Firmó garabatos en el papel y tomó el sobre amarillo acolchado. Pesaba poco, pero para ella pesaba toneladas.
Corrió a la cocina, se metió el sobre bajo el delantal y fue directo al cuarto de Gloria, asegurándose de que nadie la viera.
Cerró la puerta con seguro.
Gloria estaba sentada en la cama, con las manos juntas, rezando. Al ver a Noemí, abrió los ojos.
—¿Llegó?
—Llegó.
Noemí le entregó el sobre. Gloria lo tomó. Sus manos, generalmente firmes ahora, temblaban violentamente.
Intentó abrirlo, pero sus dedos resbalaban.
—Ábrelo tú, mi niña. Mis manos viejas tienen miedo.
Noemí rompió el sello. Sacó un folder azul con el logotipo de un laboratorio genético de alta seguridad: “Genómica Avanzada”.
Abrió el folder. Había muchas páginas con gráficas de colores, números y términos incomprensibles: “Alelos”, “Marcadores”, “Cromosomas”.
Pasó las hojas hasta llegar a la última página. La página de las conclusiones.
Ahí, en letras negritas, en un recuadro al final de la hoja:
CONCLUSIÓN: PROBABILIDAD DE PARENTESCO (ABUELA-NIETA): 99.99998%
RESULTADO: POSITIVO.
SE CONFIRMA RELACIÓN BIOLÓGICA DE SEGUNDO GRADO.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
