El Doctor Salazar se detuvo en seco.
—Gloria… —susurró. Se le quebró la voz.
—Héctor —saludó ella con una voz firme, aunque rasposa—. Te ves viejo.
El doctor sonrió con tristeza y se acercó a tomarle la mano.
—Y tú te ves… viva. Me dijeron que estabas catatónica. Que no reconocías a nadie.
—Eso es lo que ellos quieren creer. La estupidez de mis enemigos ha sido mi mejor escudo.
Gloria giró la cabeza hacia el notario, que seguía pegado a la puerta, nervioso.
—Benítez, deja de temblar que pareces gelatina. Acércate. Trajiste los papeles?
—Sí… sí, Doña Gloria. Pero… esto es irregular. Muy irregular.
—Lo único irregular aquí es que mi hijo y mi nuera me tengan secuestrada en mi propia casa y drogada para robarme. Así que saca tu pluma y empieza a escribir.
El notario sacó su laptop y una grabadora de voz.
—Necesito constatar que está en pleno uso de sus facultades mentales —dijo Benítez, recuperando un poco su postura profesional—. Dígame su nombre completo, la fecha de hoy y quién es el presidente actual.
Gloria lo miró con una ceja levantada.
—Me llamo Gloria Estefanía Montenegro viuda de Cáceres. Hoy es 14 de octubre. El presidente es ese señor que habla lento en las mañanas. Y si quieres más pruebas, te puedo recitar los números de las cuentas bancarias en Suiza que tú me ayudaste a abrir en el 98, o recordarte el incidente con la bailarina en Acapulco que me pediste que encubriera para que tu esposa no te dejara. ¿Sigo?
El notario se puso rojo como un tomate.
—No… no es necesario. Está muy lúcida. Procedamos.
—Primero lo primero —dijo Gloria, su rostro volviéndose serio—. Héctor, el kit.
El Doctor Salazar abrió su maletín. Sacó guantes de látex, sobres sellados y unos hisopos largos estériles.
—¿Estás segura de esto, Gloria? —preguntó el médico, mirando a Noemí, que estaba parada en una esquina, vigilando la puerta.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida. Ella es Luciana. Es la hija de Daniel.
—El parecido es innegable —admitió Salazar—. Tiene los ojos de Daniel y la barbilla de Clara.
El médico llamó a Noemí.
—Ven, niña. No te va a doler.
Noemí se acercó. Se sentía pequeña ante esos hombres importantes, pero Gloria le extendió la mano y se la apretó. Ese contacto le dio fuerza.
—Abre la boca, grande.
El hisopo raspó el interior de su mejilla. Noemí contuvo las ganas de toser. El doctor guardó la muestra en un tubo de plástico y lo selló con una etiqueta.
—Ahora tú, Gloria.
Hicieron lo mismo con la anciana.
—Voy a llevar esto personalmente al laboratorio de genética mañana a primera hora —prometió Salazar—. Pondré nombres falsos en las etiquetas para que nadie en el laboratorio sepa de quiénes se trata. “Sujeto A” y “Sujeto B”. Los resultados estarán en 72 horas.
—Que sean 48 —ordenó Gloria—. No tengo tiempo que perder.
—Haré lo que pueda.
—Ahora, Benítez —dijo Gloria—. Mientras esperamos la ciencia, vamos a asegurar la ley. Quiero revocar mi testamento anterior. Ese en el que dejaba a Enrique como albacea si yo faltaba.
—Eso es fácil —dijo el notario, tecleando—. Pero necesitamos un nuevo beneficiario.
—Todo… —dijo Gloria, y su voz resonó en la habitación—. Absolutamente todo: las acciones de la empresa, la casa, las cuentas, las propiedades en el extranjero… todo pasa a manos de mi nieta, Luciana Daniel Montenegro, actualmente conocida como Noemí.
El notario dejó de escribir.
—Doña Gloria… legalmente ella no existe todavía como Luciana. No tiene acta de nacimiento con ese nombre. Si usted muere mañana y le deja todo a “Noemí”, la sirvienta… Enrique va a impugnar el testamento en dos segundos. Dirá que usted estaba senil y que la muchacha la manipuló.
Gloria sonrió, una sonrisa de tiburón.
—Por eso, Benítez, vas a redactar una cláusula de contingencia. El testamento se activa en el momento en que una prueba de ADN positiva confirme su identidad. Y vas a redactar un acta notarial ahora mismo donde yo declaro, bajo juramento y en pleno uso de mis facultades, que reconozco a esta niña como mi nieta y que he estado fingiendo mi enfermedad para proteger mi vida de mi hijo Enrique y su esposa Vanesa. Quiero que quede constancia de que temo por mi vida. Si amanezco muerta mañana, ellos son los culpables.
El ambiente en el cuarto se heló. El notario tragó saliva y asintió.
—Entendido. Eso es… una bomba nuclear legal.
—Exacto. Quiero que tengan miedo hasta de mi sombra.
Durante la siguiente hora, solo se escuchó el tecleo frenético del notario y la voz de Gloria dictando detalles precisos. Noemí escuchaba fascinada. No entendía todas las palabras legales, pero entendía el poder que cargaban. Su abuela estaba construyendo un escudo invisible a su alrededor, palabra por palabra.
De repente, Noemí levantó la mano.
—Shh.
Todos se callaron.
—¿Qué pasa? —susurró el doctor.
—Pasos —dijo Noemí—. Arriba.
El techo crujió. Alguien caminaba en la planta alta. Pasos pesados, arrastrados.
Enrique.
Los pasos se detuvieron. Luego, el sonido inconfundible de una puerta abriéndose y el inodoro descargándose.
—Fue al baño —susurró Noemí—. Pero… viene bajando.
Se escucharon los pasos en la escalera de madera. Crac… crac…
El pánico estalló en los ojos del notario.
—¡Viene hacia acá! —susurró Benítez, cerrando la laptop de golpe—. ¡Nos va a encontrar!
—¡Cálmense! —ordenó Gloria en un susurro feroz—. Apaguen la luz. Benítez, escóndete en el armario. Héctor, métete al baño de aquí. ¡Rápido!
El notario corrió y se metió al clóset entre los abrigos viejos de Gloria. El doctor se encerró en el baño pequeño de la habitación.
El cuarto quedó en silencio y a oscuras, salvo por la luz de la luna que se colaba por una rendija de la cortina.
Gloria se dejó caer en las almohadas, cerró los ojos y abrió la boca, fingiendo dormir.
Noemí se quedó parada en medio del cuarto. No tenía dónde esconderse a tiempo sin hacer ruido.
Su mente trabajó a mil por hora. Si Enrique entraba y la veía vestida de calle a las 4 de la mañana con la luz apagada, sospecharía.
Tenía que interceptarlo.
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