—Porque necesitamos pruebas —dijo Gloria, sus ojos entrecerrados—. Una marca de nacimiento no es suficiente para un juez. Necesitamos ciencia. Necesitamos ADN. Y necesitamos hacerlo sin que esos buitres se den cuenta.
Gloria señaló hacia la puerta.
—Vete a la cocina. Roba… digo, toma prestado un vaso que haya usado Vanesa. O un cepillo de dientes viejo de Enrique. No, mejor… necesitamos mi ADN y el tuyo comparados. Eso confirmará el parentesco.
La anciana pensó rápido.
—Tengo un contacto. El Doctor Salazar. Él atendió mi derrame antes de que Vanesa lo corriera para traer a sus médicos charlatanes. Él es leal.
Gloria buscó bajo su colchón, donde guardaba el celular prepago que Noemí le había comprado.
Marcó un número de memoria. Sus dedos volaban sobre las teclas.
—¿Bueno? ¿Doctor Salazar? Soy yo. No pregunte. Escuche. Estoy viva. Y estoy lúcida. Necesito que venga. No por la puerta principal. Esta noche. A las tres de la mañana. Brínquese la barda trasera, la que da al callejón. Dejaré al perro suelto, él lo conoce. Traiga un kit de ADN. Sí. Es de vida o muerte. Y traiga un notario de su confianza si puede. Vamos a reescribir la historia.
Colgó el teléfono y miró a Noemí.
—Prepárate, Luciana… Noemí. Hoy dejas de ser la cenicienta. Hoy empiezas a entrenar para ser la reina. Pero primero… tienes que aprender a actuar mejor que nunca. Limpiate esas lágrimas. Ponte tu cara de “sí, patrona”. La guerra acaba de empezar.
Noemí se secó los ojos, se alisó el uniforme gris y levantó la barbilla, tal como Gloria le había enseñado.
—Lista, abuela.
—No me digas abuela todavía, al menos no fuera de aquí. Dime Doña Gloria. Y ahora, vete a tirar la basura… pero el álbum se queda aquí, debajo de mi almohada. Es mi amuleto.
Noemí salió del cuarto. En el pasillo se cruzó con Vanesa.
—¿Ya tiraste todo? —preguntó Vanesa, mirándose las uñas.
Noemí la miró. Vio a la mujer que la había humillado, que había encerrado a su abuela, que había profanado el cuarto de su padre. Sintió una rabia volcánica, pero la tragó y la convirtió en hielo.
—Sí, señora Vanesa. Todo está en la basura. El cuarto está vacío.
Vanesa sonrió, satisfecha.
—Bien. Al menos sirves para cargar bolsas.
Vanesa siguió caminando, sin saber que la niña que acababa de insultar era la dueña legítima de la alfombra que pisaba, de las joyas que llevaba puestas y del techo que la cubría. El enemigo estaba en casa, y tenía la sangre de los Montenegro hirviendo en las venas.
CAPÍTULO 5: CONSPIRACIÓN A MEDIA NOCHE Y LA SANGRE QUE NO MIENTE
La noche en Lomas de Chapultepec no es silenciosa; es vigilante. Las cámaras de seguridad parpadean con sus luces rojas como ojos de depredadores nocturnos. Los guardias privados hacen sus rondas en carritos de golf silenciosos, y el viento que baja del Ajusco silba entre los árboles perfectamente podados, trayendo secretos de una ciudad que nunca duerme.
Para Noemí, que ahora sabía que su nombre verdadero era Luciana pero que debía seguir respondiendo al nombre de esclava, esa noche era la más larga de su vida.
Eran las 2:45 de la madrugada.
Noemí estaba sentada en el borde de su cama, vestida, con los tenis puestos. No había encendido la luz. Sus manos sudaban frío. En su bolsillo tenía el control remoto del portón de servicio, un pequeño dispositivo negro que había “tomado prestado” del llavero de Martha mientras la cocinera dormía la siesta.
—Si me agarran, me matan —pensó Noemí. Y no era una metáfora. Había visto la mirada de Enrique cuando bebía. Había sentido el odio puro de Vanesa. Si descubrían que la “sirvienta tonta” estaba metiendo gente extraña a la casa en la madrugada, no llamarían a la policía; la desaparecerían.
Pero luego pensaba en Gloria. En su abuela. En la mujer que, con medio cuerpo paralizado, estaba dispuesta a incendiar el mundo para protegerla.
—No tengo miedo —mintió al aire—. Soy una Montenegro. Soy hija de Daniel.
El reloj de su celular prepago marcó las 2:55.
Era hora.
Salió de su cuarto como un fantasma. Sus pies habían memorizado cada baldosa suelta del pasillo de servicio. Pasó la cocina, donde el refrigerador zumbaba como un monstruo dormido. Llegó a la puerta trasera que daba al jardín lateral.
Desactivó la alarma tecleando el código que Gloria le había hecho memorizar: 1985, el año en que Gloria fundó su empresa. La luz roja del panel cambió a verde.
Click.
Noemí exhaló. Primer obstáculo superado.
Abrió la puerta y el frío de la madrugada le golpeó la cara. El jardín estaba oscuro, solo iluminado por la luna y las luces lejanas de la calle.
Caminó pegada a los arbustos, agachada, sintiéndose como un soldado en territorio enemigo.
Llegó a la barda trasera, la que colindaba con un callejón de servicio poco transitado. Ahí, oculto entre una enredadera de bugambilias, había un pequeño portón peatonal que los jardineros usaban para sacar la basura.
Esperó.
El silencio era absoluto.
De repente, tres golpes suaves en el metal. Toc, toc, toc.
Noemí abrió el cerrojo oxidado y empujó.
Dos sombras entraron rápidamente.
El primero era un hombre alto, canoso, con un maletín de médico antiguo. El Doctor Salazar. Olía a tabaco de pipa y a antiséptico.
El segundo era más bajo, regordete, sudando a mares a pesar del frío, abrazando un portafolios de piel como si fuera un salvavidas. El Licenciado Benítez, el notario de confianza de Gloria de toda la vida.
—¿Eres tú la niña? —susurró el Doctor Salazar, ajustándose los lentes.
—Sí. Síganme. Y no hagan ruido, por favor. Si el perro ladra, yo lo calmo.
Caminaron de regreso a la casa. Bruno, el Dóberman que Enrique había comprado para verse intimidante (pero que en realidad era un perro mimado), levantó la cabeza desde su casita.
Noemí se adelantó y le ofreció un pedazo de salchicha que había guardado.
—Shh, Bruno. Quieto.
El perro comió y volvió a dormir.
El Licenciado Benítez se secó el sudor de la frente con un pañuelo.
—Esto es allanamiento de morada, doctor. Si nos agarran, pierdo mi licencia y mi libertad —susurró el notario, temblando.
—Cállese, Benítez —respondió Salazar—. Esto es una misión de rescate. Y Gloria paga mejor que el miedo.
Entraron a la casa. Noemí cerró la puerta y volvió a activar la alarma.
Los guio por el pasillo oscuro hasta el Cuarto del Fondo.
Noemí tocó suavemente antes de abrir.
—Abuela… ya están aquí.
Entraron.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por una lámpara de lectura pequeña que creaba un círculo de luz dorada alrededor de la cama.
Doña Gloria estaba sentada, erguida, recargada en tres almohadas. No llevaba su camisón de enferma. Llevaba una blusa de seda negra que había guardado en el fondo del cajón, y un pañuelo de colores atado al cuello con elegancia. Se había pintado los labios con un rojo tenue que Noemí le había ayudado a aplicar.
Ya no parecía una víctima. Parecía una reina en el exilio recibiendo a sus generales.
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