LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

CAPÍTULO 1: EL DESPERTAR DE LA CENICIENTA EN LA SIERRA

La madrugada en San Juan de las Piedras no llegaba con luz, sino con frío. Un frío húmedo, traicionero, que se colaba por las rendijas de las paredes de adobe y mordía la piel como un perro hambriento. Para Noemí, ese frío era su despertador. No tenía reloj, ni celular, ni madre que la sacudiera suavemente para decirle que el día había comenzado. Solo tenía el calambre en los huesos y el canto lejano, ronco, de un gallo que parecía tan harto de la vida como ella.

Abrió los ojos en la oscuridad absoluta de su cuarto, si es que a ese hueco se le podía llamar cuarto. Era más bien una bodega de herramientas donde Félix, su padre, guardaba los costales de maíz y las sillas rotas que prometía arreglar y nunca tocaba. Noemí dormía sobre un petate viejo, desgastado por los años, con una sola cobija de lana que picaba más de lo que calentaba. Tenía diez años, pero sus ojos, grandes y negros como pozos de agua estancada, cargaban con la fatiga de una anciana de ochenta.

Se quedó quieta un momento, escuchando. La casa estaba en silencio. Ese silencio pesado, denso, que precede a la tormenta. Sabía que Amalia, su madrastra, aún dormía. Podía escuchar sus ronquidos rítmicos desde la habitación principal, al otro lado del patio. Esos ronquidos eran la única paz que Noemí conocería en todo el día. Mientras la “Patrona” durmiera, Noemí estaba a salvo.

Ándale, Noemí, levántate o te va a cargar el payaso —se susurró a sí misma, exhalando un vaho blanco que se disolvió en el aire helado.

Se puso de pie, sus pies descalzos haciendo contacto con la tierra apisonada que servía de piso. El suelo estaba tan helado que sentía como si pisara hielo. Buscó a tientas sus huaraches de plástico, esos que ya tenían la suela tan delgada que sentía cada piedra del camino, y se echó encima su rebozo. Era un rebozo gris, raído, que había rescatado de la basura hacía dos años. Amalia lo había tirado porque tenía una mancha de manteca, pero para Noemí era su capa, su escudo, su único abrazo.

Salió al patio. El cielo era de un azul profundo, casi negro, salpicado de estrellas que empezaban a apagarse. El aire olía a leña quemada y a tierra mojada. Agarró la escoba de varas que descansaba contra el muro. A la escoba le faltaban ramas, se veía tan triste y golpeada como ella misma.

Buenos días, compañera —murmuró Noemí, y comenzó a barrer.

El sonido de las varas contra la tierra (ras, ras, ras) era el latido de su mañana. Barría con ritmo, con una técnica que había perfeccionado a fuerza de regaños y jalones de orejas. Tenía que barrer suave para no levantar polvo y ensuciar la ropa tendida, pero firme para arrancar la basura pegada. Su mente, mientras tanto, volaba lejos. Se imaginaba que no estaba barriendo tierra de gallina y hojas secas, sino polvo de oro en un palacio. Se imaginaba que el rebozo viejo era un vestido de seda y que los huaraches eran zapatillas de cristal.

Pero la fantasía duró poco. El dolor en el estómago la trajo de vuelta. El hambre. Ese hueco eterno que vivía en su panza. Ayer solo había comido una tortilla con sal y un poco de caldo de los frijoles que sobraron. Amalia decía que las niñas que no trabajan bien no merecen tragar, y según Amalia, Noemí nunca hacía nada bien.

Terminó de barrer y corrió hacia el pozo. Estaba a unos doscientos metros, bajando una loma empinada. Agarró los dos cántaros de barro, pesados incluso cuando estaban vacíos. El camino estaba lleno de piedras y espinas. Noemí bajó corriendo, esquivando las rocas de memoria. Al llegar, bajó la cubeta con la cuerda, sintiendo el ardor en sus manos agrietadas. El agua subió, oscura y fría. Llenó los cántaros, uno por uno.

La subida fue el calvario. Con el peso del agua, su espalda infantil se arqueaba. Sus piernas flacas temblaban.
Tú puedes, tú puedes —se repetía—. Si te caes, te matan. Si tiras el agua, te matan.

Llegó a la cocina jadeando. La cocina era un cuarto separado, con paredes ahumadas de negro por años de fogón. Dejó los cántaros con cuidado y se puso a preparar el fuego. Acomodó la leña (ocote que ella misma había cortado la tarde anterior), hizo una casita con las ramas secas y sopló. El humo se le metió en los ojos, haciéndola lagrimear, pero no se detuvo hasta que la llama prendió, alegre y naranja.

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