La nueva criada quería entender por qué, cada noche, la hija del dueño ahogaba sus sollozos en su habitación. Pero cuando empujó la puerta de la habitación de la adolescente...

De puntillas, Elisaveta Andreevna Malinkina, de veintisiete años, se deslizaba por el pasillo hacia la habitación de Alissa, la hija de catorce años del casero. Quería asegurarse de que la adolescente estuviera dormida para poder descansar por fin.

Durante las últimas dos semanas, Liza había estado sustituyendo a su hermana mayor, Antonina, quien se había enfermado durante sus vacaciones. Este trabajo significaba mucho para toda la familia: el sueldo era mejor de lo que cualquiera podría esperar en su barrio. Antonina estaba criando a dos hijos: Marina, de catorce años, y la pequeña Vania, de seis, y Liza había asumido todas sus responsabilidades.

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El trabajo en sí no era complicado: mantener la casa impecable y evitar encontrarse con los dueños. Pero había una trampa: cuando Alexei Voropaev y su prometida, Angelika, estaban fuera, Liza tenía que dormir en la mansión. Las habitaciones del personal estaban al otro lado de la finca, y esas noches, Alissa se quedaba sola en ese enorme palacio.

En cuanto llegó a las escaleras, Liza oyó sollozos. Miró su reloj: las tres de la mañana.

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