—Vamos a la oficina —dijo Caleb, agarrando el maletín de Jenna como si fuera una mañana cualquiera—. Mis abogados se encargarán del papeleo. Puedes quedarte con la casa de las afueras, la del jardín. Ahora te conviene más.
—¿La casa de Oakfield? —pregunté, con la voz entrecortada al recordar el nombre del pueblito a las afueras donde planeábamos criar a nuestros hijos.
Se encogió de hombros—. De todas formas, te gusta la tranquilidad. Y, sinceramente, ya estoy harto de llorar, de las hormonas y del desorden. Este lugar —señaló el apartamento— no es una casa familiar; es mi base. Tiene que parecerlo.
La mañana en que todo se rompió
El sol sobre el lago Michigan se reflejaba en las torres de cristal de nuestro apartamento, convirtiendo las ventanas en rectángulos duros y brillantes. No era una luz suave, sino de esas que resaltaban cada veta en el cristal y cada arruga bajo mis ojos. Cuando me vi reflejada en el espejo del dormitorio, casi no me reconocí.
Me llamo Grace Miller. Tenía veintinueve años, seis semanas después de dar a luz a nuestros trillizos, y algunas mañanas me sentía cerca de los cincuenta. Mi cuerpo aún no se había adaptado a lo sucedido: mi vientre estaba más blando de lo acostumbrado, una línea pálida que bajaba hasta la cicatriz de la cirugía de emergencia que trajo al mundo a mis tres hijos, tenues marcas plateadas que marcaban dónde mi piel se había estirado para hacerles espacio. Me dolía la espalda de tantas horas meciéndola y amamantando; me dolía la cabeza por tantas noches rotas en pedazos de quince minutos.
El condominio, de 900 metros cuadrados sobre el centro de Chicago, estaba abarrotado de cunas, cajas de fórmula, cajas de pañales y un ejército rotatorio de artículos para bebés que nunca parecía suficiente. Ya no parecía un apartamento de lujo. Parecía una guardería concurrida y vistas.
Esa mañana, casi a las diez, estaba allí de pie, con el pijama manchado de leche, el pelo recogido en un moño torcido, un hijo a mi lado y dos figuritas visibles en el monitor junto a la cama. Me balanceaba suavemente, intentando que un bebé dejara de llorar y rogando en silencio a los otros dos que durmieran un poco más. Me temblaban las manos de cansancio y de demasiado café.
Ese fue el momento que eligió mi marido.
