
El niño no mendigó. No tomó nada. En cambio, empezó a bailar.
Sus movimientos eran desordenados, desiguales y salvajes. Giraba en círculos, saltaba con torpeza y meneaba los brazos como un cómico. Para la mayoría, habría parecido una tontería.
Pero para Emily, era magia.
Sus labios temblaron y luego se curvaron hacia arriba. Un suave sonido escapó de su garganta. Y luego... risa.
Era la primera vez que Daniel la oía reír en meses. Se le paró el corazón al ver a su hija aplaudir, con los ojos brillantes de nuevo.
El chico bailó con más fuerza, pisoteando la hierba, girando hasta casi caerse, y luego haciendo una reverencia con un floreo. Emily rió tan fuerte que apenas podía respirar.
Daniel se quedó paralizado. Su primer instinto fue la ira: este chico había entrado sin permiso. Pero otra voz en su interior susurró: «Mira. Tu hija ha vuelto a la vida».
Una conversación que lo cambió todo
Daniel entró en el jardín. El niño abrió mucho los ojos; se giró como si fuera a correr.
—Espera —dijo Daniel con suavidad—. ¿Cómo te llamas?
—Leo —susurró el niño, nervioso y delgado, como si esperara un castigo.
Daniel lo observó. "¿Por qué viniste aquí?"
Leo se encogió de hombros. «Tenía hambre. Pero entonces la vi. Parecía triste. Así que solo quería hacerla sonreír».
Emily tiró de la manga de su padre y, por primera vez en semanas, su voz se abrió paso: «Papá... qué gracioso. ¿Puede quedarse?».
A Daniel se le hizo un nudo en la garganta. Esas palabras valían más que toda su fortuna.
Dando la bienvenida al niño
Esa noche, Daniel tomó una decisión que nadie esperaba.
No llamó a la policía. Acogió a Leo en su casa.
El personal susurraba, desconcertado de que un multimillonario acogiera a un niño sin hogar. Pero Daniel los silenció con una mirada. Le ofreció a Leo ropa limpia, una habitación para invitados y comida caliente.
Leo nunca pidió lujos. Nunca se creyó con derecho. Solo quería estar con Emily.
Cada mañana, corría a su lado con bailes nuevos, caras graciosas y juegos que inventaba al instante. La paseaba en silla de ruedas por el jardín, le enseñaba a aplaudir a su ritmo y la animaba a mover los brazos como si ella también bailara.
