Daniel Carter poseía una riqueza inimaginable. Su nombre estaba grabado en rascacielos, se susurraba en las salas de juntas y era respetado en todo el mundo. Pero dentro de su gran mansión, el silencio pesaba más que el oro.
No era el silencio de la paz; era el silencio del dolor.
Emily, su querida hija, una vez llenó los pasillos con canciones, risas y un sinfín de preguntas. Entonces ocurrió el accidente. Sobrevivió, pero sus piernas ya no la sostenían. Una silla de ruedas se convirtió en su mundo, y el silencio en su escudo.
El silencio después del accidente
Médicos vinieron de todos los rincones del mundo, ofreciendo tratamientos y nuevas terapias. Daniel invirtió millones en programas de música, juegos e incluso equipos enteros de especialistas. Pero Emily se encerró en sí misma. Su risa se desvaneció. Su voz desapareció.
Durante meses, no habló. La mansión, antes llena de alegría, solo resonaba con pasos vacíos.
Una tarde de verano
En un cálido día de verano, el jardín florecía de rosas. Emily estaba sentada junto a la fuente, envuelta en su manta floral favorita. El sol le acariciaba el rostro pálido, pero su mirada permanecía perdida.
Fue entonces cuando apareció.
Un niño, descalzo y andrajoso, de no más de diez años. Tenía la camisa rota, las rodillas raspadas y los pantalones cortos deshilachados. De alguna manera, se había colado por las puertas y había entrado en la finca.
Desde el balcón, Daniel se puso rígido. Estaba a punto de llamar a seguridad cuando el chico hizo algo inesperado.
