Terminó en una pelea. Una pelea de verdad, seca, casi justa. Se golpearon en silencio, para acallar los gritos de las madres y los chismes de los vecinos. Al final, sentados en el suelo, magullados e hinchados, estallaron en carcajadas con la sangre en los labios. La ira se apaciguó; solo quedó un tenso, pero fuerte, hilo de comprensión.
—Ya basta de esconderse entre los arbustos como cachorritos —gritó Pavel, poniéndose de pie—. Vete a casa. Pero escucha con atención —clavó un dedo en el pecho de su amigo—. Si veo una sola lágrima en el rostro de mi madre, te mataré. Sin piedad. Y no esperes que te llame «papá» —añadió, ya riendo.
Egor se mudó con Catalina. El pueblo quedó boquiabierto. Todo iba bien, casi demasiado bien. Excepto por María, de dieciséis años, que se rebeló. Para ella, este chico alto de veinte años era un traidor, un intruso que profanaba la memoria de un padre —uno malo, sin duda, pero el suyo—. Cerró puertas de golpe, se refugió en el silencio y la hirió con palabras duras. Se mantuvieron firmes. La amaron y esperaron. María encontró la paz el día que amó a su vez y se casó. Entonces comprendió: el amor no tiene edad, y la felicidad, no tiene fronteras.
Pronto, Pavel se casó con una chica dulce y serena. La vida continuó.
Entonces llegó lo increíble: Catherine descubrió que estaba embarazada. A los cuarenta y tres años. Su mundo se puso patas arriba. Irónicamente, su nuera también estaba embarazada. Acudieron juntas a sus citas, para gran asombro y diversión de los médicos.
Cuando llegó el día, se encontraron en la misma sala de maternidad, suegra y nuera, cogidas de la mano, riendo entre lágrimas ante la extraordinaria escena. Catherine dio a luz primero: un niño hermoso y robusto, al que llamaron Micha. Dos días después, su nuera le dio un nieto: el pequeño Stiopa.
El pueblo volvió a bullir con rumores, pero esta vez con más asombro que amargura.
Catherine y Egor finalmente fueron al registro civil. Ella siempre había esquivado la pregunta, riendo:
"¿Para qué un sello? ¡No te escaparás de mí!".
"Quiero ser tu esposo para siempre. Completa y oficialmente", insistió.
Se casaron sin mucha fanfarria. Al despedirse, él la abrazó y le susurró: «Ahora es para siempre, Katiousha».
Retomaron el mismo camino que habían recorrido diez años antes. Él, alto y fuerte, su caballero. Ella, esbelta, de sonrisa radiante y ojos juveniles. En su mano colgaba su maletín; en su corazón latía una felicidad tardía, duramente conquistada, plena e indivisa.
Ya sea que juzgues o te alegres, son dos. Juntos. Y eso es todo lo que importa.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
