La felicidad tardía de Catalina

Las sombras se extendían, densas y largas, mientras el autobús, tras su interminable ir y venir entre el pueblo polvoriento y los campos silenciosos, se detenía con un silbido de neumáticos cerca del viejo poste con la placa azul descascarillada. La puerta se abrió y ella salió. Catherine. El turno de veinte horas como cuidadora le pesaba como plomo; la espalda le dolía con un dolor sordo. El aire, denso por la hierba recién cortada y el humo de la estufa, fue el primer bálsamo para su cansancio.

El segundo era él.

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Estaba allí como siempre, día tras día, año tras año, en el mismo lugar, hasta convertirse en un hito en el paisaje. Egor. Al verlo, su rostro, normalmente serio, se iluminó con una luz tan suave y completa que incluso la noche misma pareció desvanecerse.

Sin decir palabra, con esa delicadeza ligeramente caballerosa que lo caracterizaba, se quitó de las manos la gastada bolsa de trabajo. Sus dedos se rozaron; ese contacto fugaz bastó para disipar parte del cansancio. Echaron a andar por el sendero de tierra que conducía a la casa, su casa. Lentos, sincronizados, sus pasos marcaban el ritmo constante de una vida en común.

"¡Qué hermosa pareja!", susurró una de las chismosas sentadas al sol poniente, no sin un toque de celosa ironía. "Él, nuestro Egor, un auténtico héroe de cuento de hadas: mirada directa, hombros de piedra. Y ella... ¡bella como un cuadro, a pesar de los años! ¿Y de dónde saca esa fuerza después de tantos turnos? ¡Irradia!"

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