Don Esteban lo abrazó mientras los aplausos llenaban el patio. Diego se arrodilló ante sus padres. «Su corazón vale más que cualquier título. Dedicaré mi vida a demostrarlo».
La música volvió a sonar. Los mariachis tocaban mientras la pareja bailaba bajo el cielo anaranjado. Doña Beatriz servía comida a la familia de María con silenciosa humildad. Y aunque el camión de la basura seguía parado al borde del patio, ya no simbolizaba vergüenza, sino honor.
María abrazó fuerte a su padre. «Gracias por todo, papá». Él sonrió. «Tu alegría es todo lo que siempre he deseado».
Y bajo la luz que se apagaba, entre lágrimas y risas, la historia del humilde recolector de basura que salvó vidas y la dignidad de su hija se convirtió en leyenda en San Pedro del Río.
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