La esposa despreciada que resultó ser una heredera: El día que Arya Whitmore dejó de llorar para reclamar su imperio.

Parte 1

El salón de la mansión Thorne resplandecía con la opulencia de una Navidad de ensueño. Guirnaldas de abeto natural, luces de cristal y el champán más caro de Europa fluían entre invitados vestidos de etiqueta. Sin embargo, en un rincón sombreado del balcón, Arya Miller —como todos la conocían— sostenía una pluma con dedos temblorosos. Frente a ella, sobre una mesa de mármol, descansaban los papeles del divorcio. Con una lágrima rodando por su mejilla, firmó el documento, poniendo fin a cinco años de un matrimonio que se había convertido en su propia cárcel de cristal.

Su esposo, Julián Thorne, un hombre obsesionado con escalar en la pirámide social, no tardó en acercarse para arrebatarle los papeles. “Por fin haces algo útil, Arya”, siseó con desprecio, sin importarle el dolor en los ojos de su mujer. “Mañana mismo presentaré a mi nueva prometida, alguien que sí esté a la altura de mi apellido, no una huérfana sin pasado como tú”. Los invitados, que siempre habían visto a Arya como una “afortunada” que logró cazar a un millonario, cuchicheaban y se burlaban de su caída en desgracia, dándola por acabada.

Lo que nadie en esa habitación sabía era que Arya no era una huérfana desamparada. Su verdadero nombre era Arya Whitmore, la única heredera de Malcolm Whitmore, el magnate del acero y la tecnología cuya fortuna hacía que la de los Thorne pareciera calderilla. Arya había elegido vivir bajo un pseudónimo y construir una vida sencilla, queriendo ser amada por quien era y no por su cuenta bancaria. Durante cinco años, soportó humillaciones, convencida de que el amor vencería al estatus, pero esa noche, rodeada de luces navideñas, comprendió que el amor de Julián era tan falso como el árbol artificial del salón.

Cuando Julián se disponía a anunciar su “libertad” frente a todos los presentes, las puertas dobles de la mansión se abrieron de par en par. Un silencio sepulcral invadió la sala mientras un hombre de presencia imponente y ojos de acero entraba escoltado por seis guardaespaldas. Era Malcolm Whitmore. Julián, palideciendo, corrió a recibirlo, creyendo que el multimillonario estaba allí por negocios. Pero Malcolm lo ignoró por completo y se dirigió directamente hacia la mujer que todos acababan de humillar. “¿Estás lista para volver a casa, princesa?”, preguntó Malcolm, y el mundo de Julián Thorne se derrumbó en un segundo. Pero, ¿qué hará Arya ahora que tiene el poder de destruir a quienes la pisotearon? ¿O será su venganza algo mucho más sutil y doloroso?

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