La Enfermera y el Millonario: El Misterio de la Suite 701

Las semanas se convirtieron en una rutina de devoción. Anna no solo cumplía con sus deberes médicos; se había convertido en el único vínculo de Grant con la realidad. Un día, mientras le limpiaba la mandíbula con un paño tibio, Anna creyó ver un movimiento. Se quedó paralizada. Los dedos de Grant, largos y pálidos, parecieron temblar sobre las sábanas blancas. "Genial, ahora estoy alucinando", pensó ella con una risa nerviosa.

"A veces el cuerpo se rinde antes que la voluntad, y la voluntad espera a la voz correcta para despertar".

Pero no fue una alucinación. Días después, mientras le ajustaba la almohada, sintió una leve presión en su muñeca. Fue breve, apenas un roce, pero suficiente para que su corazón diera un vuelco. Informó al Dr. Harris, quien se mostró escéptico al principio, atribuyéndolo a espasmos reflejos. Sin embargo, las pruebas neurológicas confirmaron lo imposible: la actividad cerebral de Grant Carter estaba aumentando. Él estaba allí, luchando por salir de la negrura.

El momento del milagro

Una mañana, mientras Anna le contaba sobre su deseo de tener un perro para no sentirse tan sola, ocurrió el milagro. Ella le tomó la mano para asear su brazo y, de repente, la mano de Grant se cerró con firmeza alrededor de su muñeca. Anna contuvo la respiración. Miró su rostro y vio cómo los párpados de Grant se abrían de golpe, revelando unos ojos azul océano cargados de confusión y vida. "Compañía...", susurró él con una voz ronca que no se había usado en un año. El fantasma finalmente había regresado a casa.

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