Con el tiempo, Alexander se recuperó por completo. Las cámaras lo iluminaron al salir del hospital, pero antes de subir al coche, se dio la vuelta y le entregó un sobre a Emma.
Dentro había una carta y una oferta de trabajo. Una nueva fundación con su nombre, dedicada a ayudar a pacientes en coma prolongado.
En la parte inferior, una línea decía:
“Alguien me enseñó una vez que incluso los que duermen pueden sentir amor”.
Epílogo
Un año después, el Centro de Esperanza Reed-Carter se convirtió en uno de los programas más respetados del país. Emma aceptó el puesto y, con el tiempo, se convirtió en su directora.
El mundo olvidó la historia del “beso que despertó a un CEO”, pero quienes lo presenciaron sabían la verdad.
No fue ciencia ni suerte. Fue el poder silencioso de la conexión humana, ese que desafía la lógica y el tiempo.
Y a veces, durante sus visitas nocturnas al centro, Alexander la miraba y le decía en voz baja:
“Todavía no sé qué fue más fuerte, Emma: tu fe… o tu beso”.
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