El beso secreto de la enfermera
La habitación del hospital estaba en silencio, salvo por el zumbido de las máquinas y el ritmo constante del monitor cardíaco. Cada día parecía igual: una rutina de cuidados, espera y una silenciosa esperanza. Pero para Emma Carter, esta mañana no sería como las demás.
Durante tres años, Emma cuidó de Alexander Reed, un multimillonario y visionario director ejecutivo de Nueva York, cuyo nombre una vez significó poder y éxito. Tras un accidente automovilístico que conmocionó al país, yacía inmóvil en una cama blanca de hospital, conectado a cables y tubos que mantenían viva una pequeña chispa de vida.
Para el hospital, Alexander era un paciente de alto perfil. Para los medios, un símbolo de tragedia. Pero para Emma, se había convertido en algo mucho más personal, algo que nunca se atrevió a nombrar.
Sentimientos no expresados
Noche tras noche, Emma le leía artículos, cartas e incluso correos electrónicos que le enviaba su familia. Le contaba sobre las empresas que dirigió, los proyectos que se desmoronaban sin él, los amigos que poco a poco se alejaban.
A veces, hablaba de sí misma: de sus miedos, de su infancia solitaria en Ohio, de sus dificultades en la ciudad que nunca dormía. Sabía que él no podía oírla... o al menos eso creía. Aun así, seguía hablando.
Con el tiempo, su deber se convirtió en algo más profundo: una conexión silenciosa entre un alma dormida y otra que se negaba a rendirse.
No era obsesión ni fantasía. Era ternura: silenciosa, paciente y dolorosamente real.
