LA DIRECTORA EJECUTIVA NEGRA ESPERÓ EN SU OFICINA. UNOS MINUTOS DESPUÉS, DESPIDIO A LOS EJECUTIVOS…

Ninguno hablaba de clientes. Nadie hablaba de ingeniería. Nadie hablaba de cultura.

Solo hablaban de poder.

Ariadna miró el reloj: 11:03.

En ese instante, salió de la sala un ejecutivo joven, de traje apretado y autoestima inflada. Se llamaba Corbín, y lo supo porque su gafete colgaba como trofeo.

Corbín pasó junto a Ariadna sin saludar. Ni siquiera preguntó por qué una mujer estaba esperando ahí. Le lanzó una mirada rápida, la misma que se les da a los vendedores insistentes, y siguió mirando su teléfono.

Ariadna sintió algo apagarse por dentro.

No era el insulto. Era la indiferencia.

Ese era el verdadero síntoma: una empresa que ya no reconocía a su propia sangre.

Miró el reloj otra vez: 11:05.

Los cinco minutos se habían cumplido.

Ariadna no tocó la puerta.

La abrió.

El sonido de la madera pesada golpeando el tope silenció el cuarto como un corte de luz. Las risas se murieron en la garganta de los hombres.

Damián Keller se quedó congelado a mitad de gesto.

Marcos Graham giró la cabeza con el ceño fruncido.

Óscar Sterling tropezó con su taza y derramó café sobre la alfombra.

—¿Quién demonios la dejó entrar? —gruñó Damián, con ese tono de mando barato que se usa cuando se cree tener autoridad absoluta.

Marcos se levantó, indignado.

—Señora, esta es una sesión privada. Debe retirarse de inmediato.

Ariadna caminó sin prisa, con la serenidad de quien no viene a discutir, sino a cerrar una puerta que otros no supieron cuidar. Llegó a la cabecera de la mesa, donde había una silla distinta, más ancha, con un contorno especial. Su silla. La que ella misma diseñó cuando el edificio se inauguró.

Puso una mano sobre el respaldo y, por primera vez, los ojos de Damián se abrieron de verdad.

El color se le fue del rostro, como si le hubieran jalado la sangre.

—No… —murmuró Óscar, casi sin voz—. No puede ser…

—No… —murmuró Óscar, casi sin voz—. No puede ser…

Ariadna no respondió de inmediato. Dejó que el miedo terminara de ocupar el espacio que antes llenaban las risas. Se sentó, por fin, en la silla de la cabecera. El cuero crujió suavemente, como si reconociera a su dueña después de una larga ausencia.

—Once años —dijo—. Eso es lo que me tomó levantar esta empresa desde una mesa plegable y tres computadoras prestadas. Once años… y solo cinco minutos para ver que ustedes la destruyeron.

Damián intentó recomponerse. Se apoyó en la mesa, forzó una sonrisa.

—Ariadna, esto es un malentendido. Podemos hablarlo. Las decisiones operativas no—

—No —lo interrumpió ella, sin alzar la voz—. Las decisiones operativas no explican cuentas en paraísos fiscales ni contratos inflados a proveedores fantasmas.

Marcos dio un paso atrás.

—¿Cómo… cómo sabes eso?

Ariadna abrió el portafolio. El sonido del broche resonó como un disparo seco. Sacó un solo documento y lo dejó sobre la mesa, girándolo despacio para que todos pudieran leer los encabezados.

Auditoría forense. Confidencial.

Nadie tocó el papel. Nadie respiró.

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