En la torre de cristal de Nexo Dinámico, en Santa Fe, Ciudad de México, el aire siempre olía a café caro, a alfombra nueva y a la confianza insolente de quien cree que el mundo le pertenece.
Aquella mañana, una mujer de traje oscuro y pasos tranquilos cruzó el lobby como si estuviera entrando a su casa. No venía escoltada, no traía comitiva, no anunció su nombre. Solo cargaba un portafolio negro delgado, casi ligero, como si adentro no llevara papeles… sino sentencias.
Se llamaba Ariadna Fuentes.
Y si alguien en ese edificio hubiera sido mínimamente inteligente, habría reconocido en sus rasgos la foto antigua del mural corporativo: “Fundadora y accionista mayoritaria”. Pero la inteligencia, en los últimos años, se había marchitado en Nexo Dinámico, reemplazada por un culto al título y al ego.
Ariadna llegó a la recepción del piso ejecutivo. Una asistente joven, con uñas perfectas y mirada rápida, levantó apenas la vista.
—¿A quién viene a ver?
—A todos —respondió Ariadna con calma—. Tengo reunión.
La asistente frunció el ceño, revisó la agenda en su tablet y soltó una risa mínima.
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