CUATRO NIÑOS PEQUEÑOS EN SU MESA PROHIBIDA
Elena, la joven criada con un impecable uniforme azul y blanco, no estaba puliendo plata ni quitando el polvo. Estaba sentada a la mesa , alimentando tranquilamente a cuatro niños idénticos —de unos cuatro años— con ropa improvisada y remendada.
Sus ojos seguían la cuchara como si fuera lo más preciado del mundo. La comida no era lujosa —solo arroz amarillo sencillo—, pero los chicos la miraban como si fuera oro.
Elena murmuró suavemente: «Abrid bien, pajaritos».
Luego, con dulzura: «Comed despacio. Hoy hay para todos».
Llevaba guantes de limpieza de color amarillo brillante (manos destinadas a fregar pisos), pero los usaba con una ternura tan maternal que a Alejandro se le hizo un nudo en la garganta.
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