La Cicatriz del Pasado: El Secreto que el Maestro de Obras Intentó Ocultar durante 20 Años

El grito que cortó el aire segundos antes venía del capataz, un hombre robusto, de barba canosa y mirada inyectada de odio, corriendo hacia nosotros con una barra de metal en la mano.

—¡Suéltala ahora mismo, desgraciado! —bramó, empujándome con tanta fuerza que caí de espaldas sobre un montículo de arena.

Mi chófer intentó intervenir, pero levanté la mano para detenerlo. Necesitaba enfrentar a ese hombre. Limpié la tierra de mis ojos y lo miré fijamente. El capataz se colocó frente a Lucía, protegiéndola como un perro guardián, pero había algo en su postura que no era protección, sino posesión.

Y entonces lo reconocí.

Veinte años habían pasado. Más arrugas, menos cabello y una barriga que antes no existía, pero aquella cicatriz en la ceja izquierda era inconfundible.

—¿Guzmán? —pregunté, con la voz saliendo como un hilo de mi garganta.

La Traición Cocida a Fuego Lento

El hombre quedó estático. Su respiración entrecortada era el único sonido. Lucía nos miraba alternando la mirada entre el millonario caído en la arena y el hombre que creía su tío.

—¿Lo conoce, patrón? —preguntó Lucía, con la voz quebrada por el miedo.

Me levanté lentamente, sacudiendo mi traje italiano que ahora parecía un disfraz ridículo en medio de tanta realidad cruda.

—Claro que lo conozco, hija —dije sin apartar la vista de él—. Este hombre era mi jefe de seguridad hace dos décadas. El día que desapareciste, él fue el encargado de “buscarte”. Fue quien me dijo que no había rastros, que te habían llevado del país.

Guzmán escupió al suelo, mezcla de desprecio y nerviosismo. —La vida da muchas vueltas, Don Roberto. Me despidió como a un perro una semana después porque “no fui eficiente”. Me dejó en la calle, sin recomendación, con tres hijos que alimentar.

—¡Porque no encontraste a mi hija! —grité, perdiendo la compostura—. ¡Pero ahora entiendo por qué no la encontraste!

La verdad me golpeó más fuerte que cualquier saco de cemento. No fue un secuestro profesional de una banda organizada, como siempre creí. No fue un ajuste de cuentas de mis socios. Fue él. Todo el tiempo fue él.

Me acerqué paso a paso, ignorando la barra de metal que aún sostenía. —Tú la tenías… —murmuré, sintiendo la rabia calentar mi sangre—. Todo este tiempo, mientras yo pagaba detectives privados y lloraba en una mansión vacía, tú la tenías.

Guzmán soltó una risa seca, cruel. —No solo la tenía. La crié. O mejor dicho, dejé que la vida la criara. ¿Ves estas manos? —apuntó a las manos de Lucía, llenas de heridas y callos—. Estas manos trabajan para mí desde que tenía diez años. Quería que la hija del gran Roberto del Valle supiera lo que es ganarse el pan con sudor, que conociera la pobreza que ignoras desde tu oficina con aire acondicionado.

Lucía retrocedió, llevándose las manos a la boca. Las lágrimas formaron surcos limpios en sus mejillas sucias. —Tío… ¿de qué hablas? Me dijiste que mis padres murieron en un accidente de coche… que me rescataste del orfanato.

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