El aroma estéril del antiséptico flotaba en el aire mientras Evelyn Hart acunaba a su hijo recién nacido, Noah, contra su pecho. El mundo fuera de la ventana del hospital brillaba con las luces de Los Ángeles, pero dentro de la habitación, el tiempo parecía congelado. Se suponía que este sería el momento más feliz de su vida: su primer hijo, su nuevo comienzo.
Pero a los pies de su cama había cuatro personas decididas a arruinarla: su marido, Daniel, sus padres, Richard y Helen, y una mujer vestida de rojo: Vanessa.
Vanessa parecía recién salida de un cóctel en Beverly Hills. Sus labios se curvaron en una dulce sonrisa, sus pendientes de diamantes brillaban bajo las luces del hospital. En su dedo brillaba el anillo de bodas de Evelyn.
La voz de Helen rompió el silencio.
"Fírmalo", ordenó, arrojando un fajo de papeles sobre el regazo de Evelyn. "Ya le has quitado suficiente a nuestra familia".
Evelyn parpadeó, con la voz temblorosa. "¿Qué es esto?"
—Es tu libertad —espetó Helen—. ¿Crees que atrapar a Daniel con un bebé te convertiría en uno de nosotros? No eres más que un don nadie con suerte. Daniel se merece algo mejor; se merece a Vanessa.
Daniel permaneció inmóvil, mirando al suelo.
Vanessa dio un paso adelante, sus tacones resonando contra las baldosas. "Ya me eligió", dijo en voz baja, levantando la mano para mostrar el anillo. "Me propuso matrimonio la semana pasada".
Entonces sacó su teléfono, y lo que mostró a continuación fue más impactante que cualquier bofetada. Fotos de Daniel y Vanessa en París, en restaurantes, en la cama.
Evelyn se quedó helada. La voz grave de Richard resonó tras ellos. «Firma los papeles, toma el cheque y márchate. Cincuenta mil dólares. El bebé se queda con nosotros».
Los brazos de Evelyn se apretaron alrededor de Noah. "No puedes llevarte a mi hijo".
Helen se abalanzó como si quisiera arrebatárselo, pero Evelyn gritó: "¡No lo toquen!". El bebé empezó a llorar. Una enfermera entró corriendo, seguida de guardias de seguridad. Helen se volvió hacia ellos con fingida calma. "Esta mujer está histérica", dijo con suavidad.
Daniel finalmente habló, con un tono monótono, casi aburrido. "Solo fírmalo, Evelyn. No lo hagamos feo".
Algo dentro de ella se rompió.
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