No estaba lejos. Solo unas calles. La niña trotaba delante, Marina la seguía, sujetándose el vestido para no ensuciarlo. Salieron a un patio viejo: un tobogán oxidado, ventanas rotas en el tercer piso.
—Ya está aquí. Mamá está en casa.
Subieron las escaleras que crujían. La niña abrió la puerta con una llave.
La habitación estaba fría. Una joven estaba sentada en el suelo, cerca del radiador, con un cuaderno en los brazos. Levantó la vista con recelo.
—Yo… no te conozco —murmuró.
—Me llamo Marina. Hoy iba a casarme con Artyom.
La cara de la mujer palideció. Atrajo a su hija hacia sí.
—Él… no me dijo que se iba a casar.
—¿Te empujó ayer?
—Sí. Cuando dije que lo terminaba. Estuvimos juntos dos años. Dijo que se iba a divorciar, que íbamos a empezar una vida de verdad. Y luego cambió. Empezó a gritarme, diciéndome que dejara de trabajar. Y ayer apareció borracho. Quería llevarse a Polina. Me dijo: «No eres nadie. Es mía. Haré lo que quiera».
Marina se sentó en el borde de la alfombra. Se le hizo un nudo en la garganta. Quería llorar, pero sobre todo sentía vacío.
— ¿No fuiste a la policía?
"¿Qué sentido tiene?", rió la mujer con amargura. "Él tiene dinero, contactos. Yo estoy sola con un niño."
La niña se acurrucó más cerca:
—Mamá, ella es simpática…
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