"¡Jamás me casaría con un tipo así!", exclamó de repente la muchacha a la novia, justo delante de la taberna, con una sinceridad desarmante.

 ¡Yo, con un hombre así, jamás me casaría con él! —gritó una voz pequeña y clara, tan clara que cortó el silencio en dos.

Marina se sobresaltó y se dio la vuelta. Frente a ella estaba una niña de apenas seis años, con una larga trenza rubia que le caía por la espalda, una chaqueta desgastada que le quedaba grande y, sobre todo, una mirada asombrosamente lúcida y seria, como si la vida ya la hubiera obligado a crecer.

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La novia, con su vestido blanco y crujiente, estaba de pie frente a la puerta del restaurante. Dentro, todos la esperaban: los invitados, la música, el tintineo de las copas, el pastel de tres pisos... y el novio, Artyom. Pero las palabras de la niña habían sido como un trueno.

—Perdona… ¿qué dijiste? —preguntó Marina, intentando seguir sonriendo, aunque, en el fondo, algo acababa de tensarse, como si acabara de sonar una pequeña campana de alarma.

La niña simplemente se encogió de hombros:

—Es malo. Lo vi ayer. Empujó a mi mamá.

El corazón de Marina se aceleró. Se agachó para estar a su altura.

- ¿Cómo se llama?

—Artyom. Vino a casa ayer. Estaba gritando. Entonces mamá lloró. —La niña se sonó la nariz con la manga. —Pensé que era solo un hombre... y luego te vi y me di cuenta de que era tu marido.

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