Estaba saliendo de viaje de negocios cuando la aerolínea anunció la cancelación.
El tiempo. Un problema mecánico. Sin respuestas claras. Molesta pero aliviada, tomé un taxi a casa, pensando en sorprender a mi esposo, Ethan. No habíamos tenido mucho tiempo juntos últimamente. Una noche tranquila sonaba perfecta.
Abrí la puerta.
Una mujer estaba parada en el pasillo vistiendo mi bata.
Parecía relajada, con el pelo húmedo, sosteniendo una taza de nuestra cocina. Sonrió cortésmente, como si yo fuera la intrusa.
—Ah —dijo—. Debes ser el agente inmobiliario, ¿verdad? Mi marido me dijo que vendrías a evaluar nuestro apartamento.
Se me cayó el estómago, pero mi cara no se movió.
"Sí", me oí decir. "Soy yo".
Ella se hizo a un lado sin sospechar nada. «Genial. Está en la ducha. Siéntete libre de mirar».
Entré despacio, con el corazón latiéndome tan fuerte que temía que lo oyera. Todo parecía… habitado. Zapatos junto al sofá que no eran míos. Un segundo cepillo de dientes en el portacepillos. Flores frescas en la mesa; flores que Ethan nunca me había comprado.
—Es un lugar bonito —dije, forzando un tono profesional.
—Gracias —respondió ella con cariño—. Nos mudamos juntos hace unos meses.
Juntos.
Asentí, fingiendo inspeccionar la sala mientras mi mente daba vueltas. Si la confrontaba ahora, gritaría. Si retaba a Ethan, mentiría. Necesitaba saber hasta dónde llegaba esto.
—Entonces —pregunté casualmente—, ¿cuánto tiempo llevan casados?
Ella se rió. "¿Casados? No, pero estamos comprometidos. Están ajustando el tamaño del anillo".
El pasillo giraba.
Me condujo al dormitorio, charlando sobre planes de renovación. En la cómoda había una foto enmarcada: Ethan y ella en la playa. Fechada el verano pasado. Fue cuando me dijo que estaba de retiro laboral.
La puerta del baño se abrió y salió vapor.
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