Iba a multarlo por ir a 142 km/h, pero cuando vi esa cicatriz en su sien, se me heló la sangre.

—Cuando supe lo de Luna… busqué si podía ser compatible. No podía dejar que el hombre que me salvó perdiera lo que más amaba.

Diego leyó la carta. Sus manos temblaban tanto que el papel crujía. Leyó las palabras que confirmaban que Carmen Ruiz era la donante de médula ósea.

El silencio en la habitación fue absoluto, denso, cargado de doce años de historia, dolor y milagros.

Diego levantó la vista. Su rostro estaba bañado en lágrimas, una expresión de asombro y amor tan puro que a Carmen le dolió el pecho.

—Tú… —la voz de Diego era apenas un hilo—. Tú salvaste a mi hija. Tú eres el donante.

—Tú me salvaste primero —respondió ella—. Solo te devolví el regalo.

Diego se derrumbó. Se inclinó hacia adelante y abrazó a Carmen con una fuerza desesperada, enterrando su rostro en su cuello, sollozando como un niño. Carmen lo abrazó de vuelta, acariciando su pelo, sintiendo cómo sus propias lágrimas mojaban la camisa de él.

—Gracias —repetía él una y otra vez—. Gracias, gracias, gracias.

—Estamos en paz —susurró ella.

Pero no era solo paz lo que había entre ellos. Era un lazo indestructible, forjado en el fuego y sellado con la sangre.

Unos minutos después, una pequeña figura apareció en el pasillo, frotándose los ojos.

—¿Papá? ¿Carmen? ¿Por qué lloráis?

Diego se limpió la cara rápidamente y extendió los brazos hacia su hija. Luna corrió hacia ellos y se subió al sofá.

—Lloramos de felicidad, princesa —dijo Diego, mirando a Carmen con una adoración infinita—. ¿Recuerdas que te hablé del ángel que te dio su sangre para curarte?

Luna asintió gravemente.

—Sí.

Diego tomó la mano de Carmen y la puso sobre la de Luna.

—Pues el ángel ha estado aquí todo el tiempo. Es Carmen.

Luna abrió los ojos como platos. Miró a Carmen como si estuviera viendo a una superheroína. Y luego, con esa naturalidad aplastante, se lanzó a su cuello y la abrazó con todas sus fuerzas.

—Gracias, mamá Carmen —susurró la niña.

El corazón de Carmen se detuvo y luego volvió a latir más fuerte que nunca. Esa palabra, dicha por error o por intuición, selló su destino.

Dos años más tarde, la boda no fue un gran evento social, pero fue la celebración más emotiva que nadie recordaba. Carmen y Diego se casaron en un jardín al atardecer. Luna, ahora completamente sana y radiante, llevaba los anillos.

Durante los votos, Diego no habló de promesas vacías. Habló de círculos.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.