Carmen levantó la vista y vio a una niña corriendo hacia ella. Llevaba una gorra rosa y tenía el pelo corto, creciendo con fuerza después de haberlo perdido. Sus mejillas estaban sonrosadas por el esfuerzo.
Detrás de ella venía un hombre.
Carmen se quedó paralizada. Era Diego. Parecía diez años más joven que aquel día en la autopista. La camisa arrugada y la corbata habían desaparecido, reemplazadas por una camiseta casual y unos vaqueros. Y lo más importante: la desesperación había desaparecido de sus ojos.
Diego se detuvo al verla. Entornó los ojos, reconociéndola pero sin poder ubicarla al principio fuera de su uniforme.
—¿Disculpa…? —empezó a decir, y entonces la reconoció—. ¡Dios mío! ¡Eres tú! ¡La agente de la A2!
Carmen sonrió, nerviosa.
—Hola.
Diego se acercó, y por un momento pareció que iba a abrazarla, pero se contuvo.
—No tienes idea de cuánto he pensado en ti —dijo, con una intensidad que hizo sonrojar a Carmen—. Ese día… si no nos hubieras ayudado a llegar… los médicos dijeron que habríamos perdido la ventana para el tratamiento preparatorio. Llegamos justo a tiempo.
Miró a la niña, que ahora abrazaba su pierna.
—Esta es Luna.
Luna miró a Carmen con curiosidad.
—Hola —dijo la niña—. ¿Tú eres la policía rápida?
Carmen se rió, y el sonido fue como una liberación.
—Algo así. Hola, Luna. Me alegro mucho de verte tan bien.
—Papá dice que un ángel me dio su sangre —dijo Luna con la inocencia brutal de los niños—. Y otro ángel nos llevó en coche. ¿Tú eres el ángel del coche?
Diego tenía lágrimas en los ojos.
—Sí, cariño. Ella es el ángel del coche.
Carmen sintió un nudo en la garganta. Quería gritar: “¡Soy los dos ángeles! ¡Soy yo!”. Pero no podía. Aún faltaban cuatro meses para que se levantara el anonimato.
—Me alegro de haber podido ayudar —dijo Carmen simplemente.
Diego insistió en invitarla a un café. Carmen aceptó. Ese café se convirtió en una cena la semana siguiente. Y esa cena en paseos los domingos. Carmen se convirtió en una constante en la vida de Diego y Luna. Se enamoró de la risa contagiosa de Luna y de la fuerza tranquila y bondadosa de Diego. Y Diego, poco a poco, empezó a mirar a Carmen no solo con gratitud, sino con algo más profundo, algo cálido y prometedor.
Pero el secreto pesaba. Carmen se sentía una impostora cada vez que Diego hablaba del “donante anónimo” con tanta reverencia, preguntándose quién sería, dónde estaría, deseando poder agradecerle la vida de su hija.
Finalmente, se cumplió el año.
Carmen recibió la carta oficial que le permitía revelar su identidad. Ese mismo día, Diego la había invitado a cenar a su casa. Había preparado algo especial, y Luna estaba emocionada porque Carmen iba a ir.
Durante la cena, el ambiente era mágico. Había una intimidad cómoda entre los tres, como si siempre hubieran sido una familia. Cuando Luna se fue a dormir, Diego sirvió dos copas de vino y se sentó junto a Carmen en el sofá.
Juegos familiares
—Carmen —dijo, tomando su mano—, este último año ha sido… ha sido el mejor de mi vida después de tanta oscuridad. Y tú has sido una parte enorme de eso. No sé qué nos depara el futuro, pero sé que te quiero en él.
Carmen le apretó la mano, sintiendo que el corazón le iba a estallar.
—Yo también te quiero en mi vida, Diego. Pero… hay algo que tienes que saber. Algo que he guardado durante mucho tiempo porque no podía decírtelo.
La expresión de Diego cambió a una de preocupación.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Carmen sacó la carta del hospital de su bolso y la puso sobre la mesa.
—Hace doce años —empezó Carmen, con la voz temblorosa—, hubo un incendio en Vallecas. Una niña de catorce años quedó atrapada. Nadie se atrevía a entrar, pero un hombre joven, un extraño, se metió en el fuego y la sacó. Le salvó la vida y se fue sin decir su nombre. Solo le vi una cicatriz en la sien.
Diego se quedó helado. Se llevó la mano inconscientemente a la cicatriz de su cabeza. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Tú…? —susurró—. ¿Eras tú?
—Sí —dijo Carmen, llorando ahora—. Eras tú, Diego. Tú me diste la vida. Por eso, cuando te vi en la autopista aquel día, supe que tenía que hacer algo. Pero no fue solo escoltarte.
Carmen empujó la carta hacia él.
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