Iba a multarlo por ir a 142 km/h, pero cuando vi esa cicatriz en su sien, se me heló la sangre.

Cada segundo contaba. Carmen sabía que estaba violando media docena de reglamentos. Su compañero le estaba gritando por la radio, preguntando qué demonios estaba haciendo escoltando a un civil a esa velocidad sin autorización. Ella apagó la radio. No podía explicar que aquel hombre le había dado una segunda vida y que ella no iba a permitir que él perdiera la suya.

Llegaron a la entrada de urgencias del Hospital La Paz a las 14:54. Seis minutos antes de la hora límite.

Diego salió del coche casi antes de que este se detuviera por completo. Sacó la maleta rosa del asiento trasero y corrió hacia la entrada, pero se detuvo un segundo. Se giró hacia Carmen, que se había quitado el casco. La miró con una mezcla de asombro y gratitud infinita.

—¡Gracias! —gritó, con la voz quebrada por la emoción—. ¡No sé por qué has hecho esto, pero gracias!

Carmen solo asintió, con la garganta cerrada. Quería decirle “Tú hiciste más por mí”, pero no era el momento. Diego desapareció por las puertas automáticas, corriendo hacia la vida de su hija.

Carmen se quedó allí un momento, escuchando el zumbido de la adrenalina en sus oídos. Se sentía agotada, pero extrañamente completa. Sin embargo, la historia no terminó ahí. La curiosidad y una extraña sensación de responsabilidad no la dejaban en paz. Esa noche, en lugar de descansar, Carmen buscó el nombre de Diego Navarro en internet.

Lo que encontró le rompió el corazón.

Diego no era un ejecutivo rico con un coche rápido. Era un ex bombero voluntario —eso explicaba su valentía en el incendio hacía años— que había dejado el cuerpo tras la muerte de su esposa en un accidente de tráfico cinco años atrás. Trabajaba en una fábrica, criando solo a su hija, Luna. Y Luna, de siete años, tenía leucemia linfoblástica aguda.

Los artículos recientes de la prensa local hablaban de una campaña desesperada para encontrar un donante de médula ósea. La quimioterapia no estaba funcionando. Luna se estaba quedando sin tiempo.

Carmen apagó el ordenador y se quedó a oscuras en su pequeño apartamento. Recordó la maleta rosa con unicornios. Recordó la desesperación en los ojos de Diego. Él había salvado a Carmen del fuego, pero ahora se enfrentaba a un incendio que no podía apagar con agua: la enfermedad de su propia hija.

“El universo no puede ser tan cruel”, pensó Carmen. “No puede haberme puesto en su camino solo para que lo escolte a ver morir a su hija”.

Al día siguiente, Carmen fue al centro de donantes.

—Quiero hacerme las pruebas —dijo con determinación—. Para donación de médula.

La enfermera le explicó que las probabilidades de ser compatible con una persona específica eran infinitesimales, como buscar una aguja en un pajar del tamaño de una ciudad. A Carmen no le importó. Tenía que intentarlo. Rellenó los formularios, dejó que le sacaran sangre y esperó.

Fueron semanas de silencio angustioso. Carmen seguía patrullando la A2, y cada vez que veía un coche negro, el corazón le daba un vuelco. Se preguntaba si Luna seguiría viva, si Diego estaría sosteniendo su mano en una habitación estéril.

Y entonces, sonó el teléfono.

—Agente Ruiz —dijo una voz profesional al otro lado—, le llamamos del Registro de Donantes de Médula Ósea. Tenemos una coincidencia preliminar.

El mundo de Carmen se detuvo.

—¿Es… es para la niña? —preguntó, sabiendo que no podían darle datos por la ley de protección de datos.

—No podemos darle detalles del receptor —respondió la voz—, pero sí, es una coincidencia de alta prioridad. Necesitamos que venga para pruebas confirmatorias urgentes.

Las pruebas confirmaron lo imposible. Carmen era compatible. No solo compatible, era una coincidencia perfecta. Era el milagro que Diego había estado esperando.

El procedimiento se programó rápidamente. Carmen no dudó ni un segundo. Se sometió a la extracción de médula, un proceso doloroso y molesto, con una sonrisa en los labios. Mientras estaba tumbada en la cama del hospital, recuperándose de la anestesia, imaginaba su sangre, su vida, fluyendo hacia el cuerpo de aquella niña que no conocía, la hija del hombre que le había dado la vida a ella. Era como cerrar un círculo perfecto, una danza de destinos entrelazados a través del tiempo.

Pero había una regla estricta: el anonimato. Durante un año, donante y receptor no podían saber la identidad del otro. Carmen no podía ir y decirle a Diego: “Soy yo, la agente de tráfico, la niña del incendio, la que ha salvado a tu hija”.

Tuvo que conformarse con informes anónimos. “El trasplante ha sido un éxito”. “La paciente está respondiendo bien”. “Hay remisión completa”. Cada pequeña noticia era una victoria que Carmen celebraba en soledad, brindando con una copa de vino en su salón, susurrando “Vive, Luna, vive”.

Pasaron los meses. La vida volvió a su cauce, pero Carmen sentía que algo había cambiado en ella. Ya no era la misma mujer solitaria centrada en su carrera. Se sentía conectada a algo más grande.

Un día, ocho meses después del trasplante, el destino volvió a intervenir.

Carmen estaba fuera de servicio, caminando por el Parque del Retiro en Madrid, disfrutando de una tarde de primavera. Se sentó en un banco para leer un libro, cuando una pelota rodó hasta sus pies.

—¡Perdón! —gritó una voz infantil.

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