—Documentos, por favor —dijo Carmen, pero su voz sonó extraña, lejana, como si perteneciera a otra persona.
El hombre la miró, pero no la vio. Sus ojos la atravesaban, enfocados en algún horror invisible. Le entregó la licencia con manos temblorosas. “Diego Navarro”, leyó ella mentalmente. El nombre que había buscado en vano durante más de una década. Era él. El hombre que había entrado en el infierno de un edificio en llamas en Vallecas cuando ella era solo una niña de catorce años atrapada y asfixiándose. El desconocido que la había sacado en brazos, arriesgando su propia vida, para luego desaparecer entre las sirenas y el caos sin esperar un agradecimiento.
Carmen tragó saliva, intentando mantener la compostura profesional. Iba a decirle algo, iba a romper el protocolo y preguntarle si recordaba el incendio, pero entonces su mirada se desvió hacia el asiento del pasajero. Había un papel arrugado con el logotipo de un hospital: “Oncología Pediátrica – Cita Urgente – 15:00”. Y en el asiento trasero, una pequeña maleta rosa con pegatinas de unicornios.
Miró el reloj: 14:35. El hospital La Paz estaba al otro lado de la ciudad. Con el tráfico de la tarde, era imposible llegar en menos de cuarenta minutos.
—Lo sé —dijo el hombre, con la voz rota, interpretando el silencio de Carmen como una condena—. Sé que iba rápido. Póngame la multa, lléveme detenido si quiere, pero por favor… necesito llegar.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Diego, y él la secó con rabia, avergonzado. No estaba corriendo por imprudencia. Estaba corriendo contra la muerte.
Carmen miró la multa a medio escribir. Miró la cicatriz en la sien de aquel hombre, la marca que se hizo el día que la salvó a ella. El destino, con su extraño sentido del humor, los había reunido doce años después, invirtiendo los papeles. Ahora era él quien necesitaba ser salvado. Y ella tenía el poder de hacerlo, o el poder de destruirlo.
La agente Ruiz guardó el bolígrafo. Se quitó las gafas de sol y lo miró directamente a los ojos, rompiendo la barrera entre autoridad y ciudadano.

—¿Va al Hospital La Paz? —preguntó con voz firme.
Diego asintió, confundido por el cambio de tono.
—Sí, mi hija… tengo que llegar antes de las tres. Es… es vital.
Carmen asintió una sola vez.
—Sígame.
—¿Qué? —Diego parpadeó, incrédulo.
—He dicho que me siga. Péguese a mi parachoques trasero y no se separe pase lo que pase.
Carmen dio media vuelta y corrió hacia su moto. No iba a escribir una multa hoy. Hoy iba a pagar una deuda. Encendió las sirenas, no con el tono de “deténgase”, sino con el aullido de emergencia máxima, y se lanzó al tráfico, abriendo camino como un rompehielos en un mar congelado.
El viaje fue una borrosidad de luces azules y maniobras arriesgadas. Carmen conducía con una precisión quirúrgica, obligando a los coches a apartarse, creando un carril donde no existía. Por el espejo retrovisor veía el BMW negro pegado a su rueda, confiando ciegamente en ella.
“Vamos, Diego, no te quedes atrás”, susurraba ella dentro del casco.
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