Iba a multarlo por ir a 142 km/h, pero cuando vi esa cicatriz en su sien, se me heló la sangre.

Era un martes ardiente de julio en la autopista A2, salida Madrid Sur. El asfalto parecía derretirse bajo el sol implacable de las dos y media de la tarde, distorsionando el aire con ondas de calor que hacían bailar el horizonte. La agente Carmen Ruiz, de la Guardia Civil de Tráfico, ajustó sus gafas de sol y observó el radar. Un BMW negro acababa de pasar como un fantasma, marcando 142 kilómetros por hora en una zona limitada a 90.

Rutina. Lo había hecho miles de veces en sus tres años de servicio. Encendió las luces azules, la sirena lanzó su aullido corto y autoritario, y se lanzó a la persecución. El vehículo negro no intentó huir; redujo la velocidad y se orilló en el arcén con una docilidad que contrastaba con su carrera anterior. Carmen aparcó la patrulla detrás, comprobó su uniforme impecable —una armadura que escondía más de lo que mostraba— y se acercó a la ventanilla del conductor con el talonario de multas en la mano, preparada para escuchar las excusas habituales: “No me di cuenta”, “Tengo prisa”, “El velocímetro no funciona”.

El conductor bajó la ventanilla. El aire acondicionado del interior del coche golpeó la cara de Carmen, pero fue lo que vio lo que realmente le heló la sangre.

El hombre al volante tendría unos treinta y cinco años. Llevaba una camisa blanca arrugada, la corbata aflojada como si le asfixiara, y las manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos. Pero no fue eso lo que detuvo el corazón de Carmen. Fueron sus ojos. Ojos oscuros, inyectados en sangre, que gritaban una desesperación muda y aterradora. Y entonces, lo vio. Una fina cicatriz blanca en la sien izquierda.

El tiempo se detuvo. El ruido del tráfico de la autopista desapareció. Carmen sintió un vértigo repentino que la arrastró doce años atrás, a una noche de noviembre llena de humo negro y llamas rugientes.

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