"Me siento atrapado", dijo simplemente, antes de salir por la puerta, dejándola con una casa vacía y una habitación de bebé esperando a un padre que ya había seguido adelante.
Ahora, confinada en una cama de hospital, Emily intentaba mantener la compostura. Pero una tarde, la puerta se abrió de golpe. Olivia entró, pulcra y fría, con un vestido azul marino y una expresión penetrante como el cristal.
—Así que aquí es donde te escondes —dijo con desdén—. ¿Crees que ese bebé lo hará volver? Eres patético. —El
pulso de Emily se aceleró—. Vete, por favor —dijo con voz temblorosa.
Los ojos de Olivia brillaron. Agarró el brazo de Emily, siseando: «No lo mereces».
«Aléjate de ella».
Una voz grave rompió la tensión. Ambas mujeres se giraron. En la puerta había un hombre alto con un abrigo oscuro, de presencia serena pero imponente.
«¿Quién eres?», espetó Olivia.
Él no le respondió; su mirada estaba fija en Emily, firme y casi familiar.
Parpadeó, sintiendo un arrebato de reconocimiento en el pecho. Lo había visto una vez en una fotografía descolorida que su madre solía guardar oculta.
Thomas Reed. Su padre.
Dio un paso adelante, con tono firme pero sereno. "Suéltala. Este es un hospital, no tu campo de batalla".
Olivia dudó, pero la soltó con una mueca justo cuando las enfermeras entraban corriendo. Thomas levantó una mano. "Está bajo control", dijo en voz baja, y luego se volvió hacia Olivia. "Vete ahora o haré que te escolten".
Olivia lo fulminó con la mirada, pero se fue.
La presión arterial de Emily volvió a subir; las enfermeras actuaron con rapidez para estabilizarla. Durante todo el proceso, Thomas permaneció en silencio, observando con una mezcla de preocupación y culpa. Cuando la sala finalmente se calmó, Emily logró susurrar: "¿Por qué estás aquí?".
Respiró hondo. «Sé que he perdido el derecho a pedir tu confianza. Pero te he buscado durante años. Tu madre se fue y nunca miró atrás. No quería entrometerme... hasta que vi tu nombre en la lista de admisiones del hospital».
Su corazón se llenaba de preguntas, pero antes de que pudiera hablar, un dolor le atravesó el abdomen. Las enfermeras la subieron rápidamente a una camilla; el parto había comenzado. Mientras la llevaban en silla de ruedas hacia la sala de partos, Thomas la siguió con voz serena. «Ya no estás sola».
Horas después, Emily dio a luz a un bebé prematuro pero fuerte. Oyó su llanto antes de que el agotamiento la venciera.
Al despertar, su hijo dormía plácidamente a su lado. Thomas estaba sentado en un rincón, con los ojos enrojecidos pero serenos. «Tienes un hijo», dijo en voz baja. «Y un padre que quisiera estar aquí, si se lo permites».

