Emily Harper permanecía sentada tranquilamente en su habitación del hospital Riverside Medical Center de Chicago, con ocho meses de embarazo, rodeada de la calma estéril de las paredes azul pálido y el tenue aroma a antiséptico. El pitido rítmico del monitor cardíaco parecía reflejar la frágil vida que llevaba dentro, dependiendo de su firmeza.
La habían ingresado por hipertensión y contracciones prematuras; el médico le había ordenado reposo. Sola en la cama, dibujaba pequeños círculos sobre su vientre hinchado, susurrándole palabras de consuelo a su bebé, aunque ni siquiera ella sabía si las creía.
Hacía apenas unos meses, su vida se sentía segura. Ella y su esposo, Daniel, habían construido una relación estable: él trabajaba en una empresa financiera del centro y ella daba clases en una escuela primaria. Tenían planes, rutinas, sueños tranquilos. Luego llegaron las "reuniones" nocturnas, el aroma desconocido del perfume de otra persona y la distancia que sustituyó al cariño. La verdad pronto salió a la luz: Daniel tenía una aventura con Olivia Brooks, una de las socias principales de su firma, conocida por su brillantez y su determinación despiadada.
