
Cuando enfermó, no lo dudé ni un segundo. Dejé mi trabajo, tomé a mis dos hijos de la mano y me mudé con ella. Para ellos, fue casi una aventura. Para mí, era lo más lógico. Los días estaban marcados por el cuidado, los movimientos lentos y los profundos silencios. Por las noches, me contaba su vida, sus arrepentimientos, sus alegrías y cuánto le había encantado verme crecer.
Una noche, mientras el sol se ocultaba suavemente tras las cortinas, me tomó de la mano.
«Te amo, Léa . Eras mi alegría».
Aún llevo esas palabras en mi interior. Falleció en paz esa noche, de su mano en la mía.
Tras su marcha y el testamento

La pena se había apoderado de ella. La casa parecía vacía, demasiado grande, demasiado silenciosa. Tres días después, Claire regresó. Relajada, bronceada, casi con prisa. Ni una lágrima. Ni un momento de silencio. Ya estaba hablando del valor de la casa, del mercado inmobiliario, de lo que habría que vender.
Tras leer el testamento, heredó la casa. Todo lo demás ya estaba distribuido. Todo... menos una cosa: el viejo sofá de brocado color melocotón de la sala. Aquel donde pasaba las siestas de mi infancia, donde ahogábamos risas y donde compartíamos nuestros secretos.
"Todo vuelve a Léa ", dijo el abogado.
Claire se rió.
"Si lo quieres, tómalo rápido. Lo vendo".
El sofá y el descubrimiento
Así que me lo llevé. El sofá llegó a mi pequeño apartamento, cargado de recuerdos. Los niños saltaron sobre él, riendo. Esa noche, cuando todos dormían, me senté sola. Acaricié la tela... y sentí algo extraño.
Una cremallera. Oculta. Invisible hasta ahora.
Con manos temblorosas, lo abrí. Dentro: un paquete cuidadosamente envuelto. Sobres. Dinero. Y una carta.
