Gastó 20 millones de dólares en una casa para su amante. Su esposa no dijo nada, hasta cinco días después, cuando llegó con dos invitados inolvidables.

"No te invité", dijo por el intercomunicador.

—No necesito una invitación para llevar a tus hijos a conocer a la mujer por la que destruiste su familia.

Héctor abrió la puerta.

Valeria apareció con un vestido de seda y la barbilla en alto.

—Hola, Elena. Lamento mucho tu situación, pero el amor no se puede forzar.

Elena la miró de arriba abajo, sin celos, sin enojo.

—Héctor, ¿no vas a presentarla a los niños?

—Diego, Sofía… ella es una amiga.

Diego observó atentamente a Valeria. Luego se volvió hacia su madre y le preguntó, con total inocencia:

—Mamá… ¿es la nueva que limpia la casa? ¿Por qué está dentro?

El silencio cayó como un golpe.

Valeria palideció.

—¡¿Qué está diciendo este niño?!

Elena dejó escapar una risa suave y aguda.

—Muy observador, hijo mío.

—¡Elena! —rugió Héctor—. ¡Valeria es una mujer de familia distinguida!

Elena dio un paso adelante.

—¿Distinguida? Valeria… o mejor dicho, María Valeria González, hija de Doña Toña, la señora que vendía quesadillas afuera de la casa de mi madre en Iztapalapa. ¿
Te acuerdas cuando limpiabas la cocina? ¿Cuando rompiste el jarrón antiguo y lloraste para que no te despidieran?

Valeria dio un paso atrás, temblando.

—¡Estás mintiendo!

—¿El anillo de jade? Era de mi madre. Te lo dio cuando dejaste el trabajo, diciendo que te casabas.
Todo lo que sabes de arte, vino y viajes... lo copiaste de mí.

Héctor sintió que el suelo desaparecía.

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