Gastó 20 millones de dólares en una casa para su amante. Su esposa no dijo nada, hasta cinco días después, cuando llegó con dos invitados inolvidables.

“Te doy cinco días.”

Ella rió suavemente. "¿Cinco días para qué? ¿Para empacar? ¿Para los papeles del divorcio?"

Elena se giró para mirarlo de frente. Su sonrisa se agudizó: silenciosa, peligrosa.

Cinco días para que disfrutes de tu triunfo. Para que ella se regodee en esos veinte millones de pesos. —Y
luego, con dulzura—:
Después, le presentaré a tu princesita a dos personas muy especiales.

La mansión era la perfección tallada en piedra: pisos de mármol, paredes de vidrio y jardines perfectamente arreglados.

Valeria se apretó contra el pecho de Héctor, recorriendo con sus dedos su solapa.

—Me malcrías —ronroneó—. Mi futuro marido debería ser igual que tú.

—Estoy harto de los fríos cálculos de Elena —respondió—. Siempre midiendo, siempre controlando.

“Una mujer moderna debe saber cuál es su lugar”, dijo Valeria con una sonrisa satisfecha.

Sonó el timbre.

Héctor miró el monitor de seguridad.

Y de repente, la ciudad de abajo parecía muy lejana.

Era Elena.

Junto a él estaban Diego (7 años) y Sofía (5 años).

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