Gastó 20 millones de dólares en una casa para su amante. Su esposa no dijo nada, hasta cinco días después, cuando llegó con dos invitados inolvidables.

—Estás muy callado —dijo Héctor, bajando la taza con más fuerza de la necesaria—. ¿No tienes nada que decir?

Elena levantó la mirada lentamente, como si reconociera una lámpara o un cuadro.

—¿Sobre qué? —preguntó—. ¿Otra propiedad? Siempre te han gustado los detalles caros.

La palabra gestos atravesó la habitación.

—No hablo de dinero —espetó—. Sabes perfectamente para quién es esa casa.

Una leve sonrisa curvó sus labios, pero sus ojos permanecieron fríos.

—Ah. Ella. La heredera refinada. La «hija del socio» a la que llevas meses conociendo con esmero. ¿De verdad creías que no me daría cuenta?

Héctor se recostó, satisfecho.

—Así que sí lo sabes. Y sin embargo, aquí estás, pasando las páginas como si nada. —Rió suavemente—. Esperaba lágrimas. Rabia. Quizás un poco de súplica. La clásica actuación de la esposa traicionada.

Elena cerró la revista con deliberado cuidado y la dejó sobre el escritorio.

—Ese guion está cansado, Héctor —dijo con calma—. No me humillo por hombres que ya se han humillado.

Se levantó de su silla.

—No me opongo a la casa —continuó con voz firme—. De hecho, creo que es una inversión fascinante. Da igual a quién esté a nombre de la escritura.

Eso le hizo reflexionar.

—Valeria me entiende —dijo con brusquedad—. Es refinada. Educada. De buena familia. No como...

—¿No como yo? —terminó Elena, imperturbable—. ¿La esposa útil? ¿La que construyó la empresa a tu lado, manejó las cuentas, crio a tus hijos y evitó que todo se derrumbara mientras tú buscabas la admiración en otras partes?

Ella se encogió de hombros ligeramente.

Pero eres libre de elegir. Lo respeto.

Caminó hacia la puerta con las llaves ya en la mano.

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