.
La risa suave y jadeante de una mujer. La voz de Mark la siguió, baja e íntima, como no la había oído en meses. Luego, sonidos que no necesitaban interpretación.
Mi cuerpo se puso rígido. Cada nervio gritaba mientras mi mente luchaba por procesar lo que mis oídos ya sabían.
Instintivamente retrocedí, apretando la cara de Noah contra mi hombro para que no viera nada si se abría la puerta. El corazón me latía con fuerza, tan fuerte que estaba segura de que se oía. En ese instante, sentí como si el billete de lotería me quemara el bolsillo, un cruel recordatorio. El futuro que había imaginado momentos antes se disolvió en algo que ya no reconocía.
No lloré, todavía no. En cambio, algo frío y preciso se asentó en mi pecho. Había entrado en ese edificio creyendo que era la afortunada. De pie en ese pasillo, escuchando a mi esposo traicionarme sin darme cuenta de que estaba allí, comprendí que la suerte por sí sola no determina quién sale ganando.
