Fuí mamá y no podía moverme por la cesárea, la amante de mi marido me cuidó..

Andrea reaccionó inmediatamente, entrando y sosteniéndome.

—¿Dónde está el bebé? —preguntó.

—En la habitación… pero tú…

—Después discutimos, ahora dime qué necesitas.

Y así, la amante de mi marido terminó cambiando el pañal de mi hijo.

Los siguientes días fueron… ¿cómo describirlos? Surrealistas. Andrea aparecía cada mañana. Me preparaba el desayuno, cargaba al bebé cuando yo no podía levantarme, me ayudaba a bañarme (sí, así de vulnerable estaba).

—Pasa el brazo por mi hombro —me decía mientras me sostenía en la ducha—. Tranquila, yo te tengo.

—Esto es muy raro —le dije una mañana mientras me lavaba el cabello con una delicadeza que Roberto nunca tuvo.

—Dímelo a mí —respondió con una risa amarga—. Pero mira, yo también fui hija de un padre ausente. Y ninguna mujer merece estar sola en este momento, mucho menos por culpa de ese… —se calló.

—Puedes decirlo.

—Idiota. Ese idiota.

Nos reímos, aunque me dolieron los puntos.

Roberto llamaba de vez en cuando, siempre con excusas. Que si el tráfico, que si un asunto del trabajo. Dejó de llamar cuando Andrea le contestó mi teléfono un día.

—Tu esposa está ocupada siendo madre. Algo que tú deberías estar haciendo como padre, pero aquí estoy yo, limpiando tu desastre. Otra vez —y le colgó.

Me quedé mirándola, entre sorprendida y agradecida.

—¿Otra vez? —pregunté.

—Mi ex también desapareció cuando más lo necesité. Supongo que por eso no puedo quedarme de brazos cruzados —me pasó una taza de té—. Además, tu bebé es hermoso. Merece tener aunque sea a una de nosotras cuerda cerca.

Una tarde, mientras ella mecía a mi hijo para que durmiera, le pregunté:

—¿Por qué haces todo esto? En serio. Podrías simplemente… desaparecer.

Andrea se quedó en silencio un momento, viendo al bebé.

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