Fui al aeropuerto solo para despedirme de una amiga, hasta que vi a mi esposo en la sala de embarque

, abrazando a la mujer que juraba era “solo una compañera de trabajo”. Me acerqué y lo oí susurrar: “Todo está listo, esa tonta lo va a perder todo”. Ella rió: “Y ni siquiera lo verá venir”. No lloré ni grité. Solo sonreí… porque yo ya había preparado mi trampa.
Llegué al aeropuerto de Barajas aquella mañana solo para despedir a una amiga de la universidad, Marta, que se mudaba a Lisboa por trabajo. Nada dramático. Un café rápido, un abrazo, unas fotos y volver a casa. O eso creía. Mientras caminaba hacia la sala de salidas, con el ruido constante de maletas rodando y anuncios por megafonía, algo me hizo detenerme en seco. No fue un presentimiento romántico ni una corazonada de película. Fue una escena demasiado clara para ignorarla.

Allí estaba Javier, mi marido desde hacía nueve años. Debería estar en la oficina, según me había dicho esa misma mañana. Sin embargo, lo vi apoyado contra una columna, traje gris impecable, sonrisa relajada… y sus brazos rodeando a una mujer que conocía demasiado bien. Clara, “solo una compañera de trabajo”, “alguien pesada pero inofensiva”, “no te pongas celosa por tonterías”, según sus propias palabras durante meses. Ella apoyaba la cabeza en su pecho como si ese gesto le perteneciera desde siempre.

No sentí ganas de llorar. Sentí frío. Me acerqué despacio, mezclándome entre la gente, fingiendo mirar el panel de vuelos. Estaban tan concentrados el uno en el otro que no notaron mi presencia. Entonces lo escuché con claridad, su voz baja pero firme:

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.