Fui a relajarme a mi casa de la playa y encontré a mi nuera allí con toda su familia. Me miró con desdén y dijo: "¿Qué hace esta vieja parásita aquí? ¡No hay sitio para ti!".

Fui a relajarme a mi casa de la playa, pero encontré a mi nuera allí con toda su familia. Me miró con desdén y dijo: "¿Qué hace esta vieja parásita aquí? ¡No hay sitio para ti!". Sonreí. Pero lo que hice después convirtió su vida en una pesadilla.

Cuando mi médico me recomendó alejarme del estrés, decidí pasar una semana tranquila en mi casa de playa en la costa española. Era un lugar especial, construido con mi difunto esposo décadas atrás: arena blanca, palmeras altas y el sonido constante del mar. Necesitaba esa paz y tranquilidad más que nunca.

Pero al llegar, con la maleta en la mano, algo no encajaba. Varios coches desconocidos estaban aparcados delante de la casa. Se oían risas y música fuertes desde dentro. Subí las escaleras lentamente, con una extraña sensación en el pecho.

Cuando abrí la puerta me quedé congelado.
En la sala estaba mi nuera, Vanessa, con un traje de baño caro y una copa de vino en la mano. A su alrededor estaban sus padres, sus hermanas, sus sobrinos y sobrinas... más de diez personas. Mi casa parecía un alquiler turístico lleno.

Su sonrisa se desvaneció cuando me vio.

"¿Qué haces aquí?" preguntó secamente.

—Vine a relajarme —respondí con calma—. Esta es mi casa.

Ella soltó una risa desdeñosa.

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