La mañana en Ciudad de México amanecía gris, con ese cielo pesado que parecía aplastar los edificios antiguos de la colonia San Ángel.
En una mansión de paredes altas y rejas negras, la familia Alvarado se reunía para una decisión que, sin saberlo, marcaría el inicio de su propia ruina.
—Si cruzas esa puerta con ella… dejas de ser un Alvarado.
La voz de Doña Teresa Alvarado no temblaba.
Era una mujer acostumbrada a mandar, a decidir destinos con una frase corta y definitiva.
Frente a ella estaba su hijo menor, Julián Alvarado, traje sencillo, mirada firme. A su lado, una joven con uniforme de empleada doméstica, las manos entrelazadas por nerviosismo: Rosa Martínez.
—Mamá… la amo —dijo Julián—. Eso debería bastar.
Doña Teresa golpeó el bastón contra el suelo de mármol.
—Ella limpia casas. Tú naciste para mandar, no para rebajarte.
Rosa bajó la mirada.
Había limpiado esa misma casa durante cinco años. Conocía cada rincón… y cada desprecio.
—No necesito su dinero —añadió Julián—. Solo su bendición.
El silencio fue cruel.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
