Alejandro se levantó, temblando. Carmen dio un paso hacia él y le tocó la cara con esa mano cálida que él tanto había extrañado. —Mi abuela también decía que todos merecemos una segunda oportunidad, pero solo si estamos dispuestos a luchar por ella. ¿Está dispuesto a luchar, Alejandro? Porque yo no soy fácil, y mi confianza tendrá que ganársela cada día.
—Lucharé —prometió él, tomando su mano y besándola con devoción—. Cada minuto de cada día.
Carmen sonrió, una sonrisa pequeña y tímida, pero suficiente para iluminar la tarde gris de Galicia. —Entonces, puede empezar invitándome a un café caliente. Me estoy congelando.
Caminaron juntos de regreso a la ciudad, bajo la lluvia, pero ya no sentían frío. Alejandro Mendoza, el millonario que lo tenía todo, finalmente había encontrado lo único que le faltaba: una verdad que no se podía comprar. Y supo, mientras apretaba la mano de Carmen, que esa era la mejor inversión de su vida.
Unos años después, los periódicos ya no hablaban del “Rey Midas” solitario. Hablaban de un filántropo que, junto a su esposa Carmen, había abierto centros de rehabilitación y fundaciones para familias sin recursos. En una entrevista, cuando le preguntaron cuál había sido el momento más difícil de su carrera, Alejandro miró a Carmen, que estaba sentada en primera fila con su hermana Lucía, ya graduada como doctora. —El momento más difícil —respondió sonriendo— fue aprender que para caminar de verdad, a veces primero tienes que dejar que alguien te enseñe a levantarte.
Y en esa mirada cómplice entre ambos, brillaba una fortuna incalculable.
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