La desesperación se apoderó de él. En las semanas siguientes, Alejandro Mendoza movió cielo y tierra. Contrató detectives privados, rastreó estaciones de tren, aeropuertos. Fue a la agencia de empleo. Nada. Carmen López se había esfumado como si nunca hubiera existido.
Alejandro rompió con Isabella en una llamada de dos minutos que ni siquiera recordaba. Su vida de lujos le parecía ahora un escenario de cartón piedra. Sin Carmen, la mansión era una tumba fría. Se dio cuenta de que tenía todo el dinero del mundo, pero era el hombre más pobre de la tierra porque no tenía con quién compartir su verdad.
Pasaron dos meses. La esperanza se agotaba. Un día, revisando obsesivamente los pocos documentos que Carmen había dejado al ser contratada, encontró un dato que se le había pasado por alto: el nombre de la universidad donde estudiaba su hermana. Santiago de Compostela.
Sin pensarlo, Alejandro subió a su jet privado. Aterrizó en Santiago bajo una lluvia torrencial, esa misma lluvia de la que Carmen le hablaba con nostalgia. Encontró a Lucía, la hermana, en la cafetería de la facultad de medicina. Cuando se presentó, la chica lo miró con un desprecio que le heló la sangre. Sabía quién era.
—Tenga dignidad y lárguese —le espetó Lucía—. Mi hermana lloró durante semanas por su culpa. Usted jugó con ella. La hizo sentir que importaba para luego descubrir que era parte de un retorcido juego de ricos.
—La amo —dijo Alejandro, interrumpiéndola, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas, importándole poco que los estudiantes los miraran—. Me equivoqué. Fue el error más grande de mi vida. Fui un idiota, un ciego y un cobarde. Pero la amo. Y no me iré de aquí hasta que pueda decírselo a la cara, aunque sea para que me rechace. Solo necesito que sepa que lo que sentimos en esa habitación, esas noches que cuidó de mí… eso fue lo único real que he vivido en años.
Lucía lo miró, buscando la mentira en sus ojos, pero solo encontró a un hombre desesperado y destruido. Suspiró, sacando una servilleta de papel y escribiendo algo. —Ella no quiere verlo. Pero… va todos los días a las seis de la tarde a mirar el mar en el rompeolas, cerca del faro. Dice que el mar le cura las heridas. Si va, prepárese para que no le perdone. Yo no lo haría.
Alejandro corrió bajo la lluvia. Llegó al rompeolas empapado, con el traje de mil euros arruinado y el corazón en la boca. A lo lejos, vio una figura solitaria mirando las olas grises del Atlántico batir contra las rocas. Era ella.
Caminó despacio, temiendo que si hacía ruido ella se desvaneciera como un espejismo. —Carmen —dijo, cuando estuvo a unos pasos.
Ella se tensó, pero no se dio la vuelta inmediatamente. El sonido de su voz pareció anclarla al suelo. Finalmente, giró lentamente. Sus ojos estaban rojos, cansados, pero seguían teniendo esa profundidad que lo había cautivado. Al verlo allí, empapado, jadeando, sin la arrogancia de su oficina ni la protección de su mansión, su expresión se suavizó un milímetro.
—¿Sigue fingiendo, señor Mendoza? —preguntó ella, con voz dura.
—Nunca he sido más real que ahora —Alejandro dio un paso adelante, pero se detuvo al ver que ella retrocedía—. Carmen, perdóname. Sé que no merezco tu perdón. Sé que lo que hice fue imperdonable. Tenía miedo. Tenía miedo de que nadie me quisiera por mí mismo. Y en mi estupidez, casi pierdo a la única persona que me demostró qué es el amor verdadero sin pedir nada a cambio.
Se arrodilló en el suelo mojado, sin importarle el barro ni el frío. —Me curaste, Carmen. No de la parálisis, que era mentira, sino de la soledad, que era muy real. Me enseñaste que la riqueza no está en el banco, sino en tener a alguien que te tome de la mano cuando el mundo se cae a pedazos. Te amo. Y pasaré el resto de mi vida intentando compensarte por cada lágrima que te hice derramar.
Carmen lo miró. Vio al hombre poderoso arrodillado en el fango, despojado de todo artificio. Recordó las noches en la mansión, las risas compartidas, la conexión que habían sentido y que, en el fondo, sabía que no había sido fingida por parte de él, al menos no en los sentimientos que surgieron después.
—Levántese, Alejandro —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez sin el “señor”.
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