Pero Carmen… Carmen se convirtió en su ángel guardián.
Alejandro, manteniendo su farsa, se mostraba deprimido, irascible, a veces cruel, probando los límites de quienes lo rodeaban. Isabella duró dos días antes de anunciar que se mudaba a un hotel porque “la energía de la casa era muy densa” y necesitaba descansar para una sesión de fotos. Se fue sin mirar atrás, dejando a Alejandro con una sensación de triunfo amargo: tenía la verdad, pero dolía como una herida abierta.
Carmen, sin embargo, no se fue. Al contrario, se hizo omnipresente. Cuando Alejandro tenía “ataques de dolor” fingidos en la madrugada, Carmen aparecía en minutos, con compresas tibias y palabras dulces. No lo trataba como a un inválido inútil, ni como a un jefe millonario. Lo trataba como a un hombre herido.
Una noche, la cuarta de su experimento, Alejandro no podía dormir. La culpa y la soledad lo asfixiaban. Carmen entró con un libro en la mano y se sentó en el sillón junto a su cama. —Si no puede dormir, señor, quizás le ayude que le lea un poco —dijo ella con sencillez. —¿Por qué haces esto, Carmen? —preguntó él, dejando caer la máscara de arrogancia—. No te pago para que seas mi enfermera nocturna. Isabella se fue. Tú deberías estar descansando.
Carmen cerró el libro y lo miró con una intensidad que lo desarmó. —Mi abuela decía que cuando la noche es más oscura, es cuando más necesitamos una luz —respondió suavemente—. Usted siempre ha sido bueno, señor. Aunque a veces el dinero le ponga una coraza, yo sé que tiene un buen corazón. Y nadie merece pasar por esto solo. Las piernas… las piernas son solo una parte del cuerpo. Usted sigue siendo usted. Su mente, su alma… eso está intacto. Y eso es lo que vale.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Esa mujer, a la que apenas había saludado en tres años, veía en él algo que ni él mismo sabía que existía. Empezaron a hablar. No de negocios, ni de dinero. Hablaron de la vida. Carmen le contó de su Galicia natal, de la lluvia contra los cristales, del olor a tierra mojada. Le contó que había venido a Madrid para pagar la carrera de medicina de su hermana pequeña, sacrificando su propia vida para que otra pudiera salvar vidas.
Alejandro descubrió que Carmen era culta, divertida, con una inteligencia afilada que ocultaba bajo su uniforme de servicio. Leía a los clásicos rusos, amaba la ópera y tenía una risa que iluminaba la habitación lúgubre. Durante una semana, Alejandro se enamoró. No de la belleza de pasarela, sino de la belleza del alma. Se enamoró de cómo Carmen le preparaba el café exactamente como le gustaba sin que él lo pidiera, de cómo le acomodaba el cabello con una ternura que le erizaba la piel, de cómo lo miraba: no veía la silla de ruedas, lo veía a él.
Al séptimo día, Alejandro decidió que ya no podía más. La farsa tenía que terminar. No para desenmascarar a Isabella, eso ya estaba hecho, sino para poder levantarse, abrazar a Carmen y decirle la verdad. Decirle que la amaba. Planeó hacerlo a la mañana siguiente. Quería pedirle perdón de rodillas y empezar una vida nueva.
Pero el destino, con su ironía cruel, se adelantó.
Esa tarde, mientras Alejandro estaba en una supuesta sesión de terapia física fuera de casa (en realidad, reuniéndose con su abogado para anular el acceso de Isabella a sus cuentas), Carmen entró a limpiar el despacho. Al mover unos papeles sobre el escritorio, un documento se deslizó al suelo. Era el informe real del doctor Herrera, junto con un cuaderno de notas de Alejandro donde detallaba el plan: “Día 4: Isabella se aleja. Carmen muestra lealtad. El experimento funciona”.
Carmen leyó las palabras y sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones. No era parálisis. Era un experimento. Un juego. Y ella… ella había sido una rata de laboratorio más. Todos sus desvelos, sus oraciones, su angustia real por el sufrimiento de él, todo había sido manipulado para que un millonario aburrido probara la lealtad de su entorno.
La humillación le quemó la cara. Se había enamorado de él. Se había permitido sentir algo por ese hombre, creyendo que su vulnerabilidad los había igualado. Pero no. Él seguía siendo el amo titiritero, y ella la empleada ingenua.
Cuando Alejandro regresó, la casa estaba en un silencio sepulcral. Isabella no había vuelto, eso era esperable. Pero no había olor a cena. No había luz en la cocina. —¿Carmen? —llamó, sintiendo un pinchazo de alarma.
Subió a la habitación de servicio. Estaba vacía. El armario abierto, sin ropa. Sobre la cama, perfectamente hecha, había una nota y el uniforme doblado. La nota decía, con una caligrafía temblorosa: “El amor no se prueba, señor Mendoza. El amor se da. Y la confianza, una vez rota, no se arregla con dinero. Que tenga una buena vida con sus piernas sanas y su corazón enfermo.”
Alejandro leyó la nota y sintió, por primera vez, un dolor físico real, más agudo que cualquier parálisis. Gritó su nombre, corrió por la mansión, salió al jardín. Nada. Se había ido.
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