Fue entonces cuando la idea, descabellada y peligrosa, germinó en su mente. Llamó a su amigo de la infancia y médico personal, el doctor Carlos Herrera. Cuando le expuso el plan, Carlos pensó que Alejandro había perdido la razón por el estrés.
—¿Quieres fingir qué? —preguntó Carlos, atónito.
—Que estoy paralítico —sentenció Alejandro, con una calma que asustaba—. Quiero fingir un accidente. Quiero que me vea en una silla de ruedas, dependiente, roto, sin poder caminar. Quiero ver si se queda a empujar la silla o si sale corriendo en sus tacones de diseñador.
Carlos intentó disuadirlo, hablándole de la ética, de la locura que suponía montar una farsa así. Pero Alejandro estaba decidido. Su alma necesitaba esa prueba de fuego. Prepararon todo meticulosamente: informes médicos falsificados, una habitación adaptada en la mansión, una silla de ruedas de alta tecnología y una historia sobre un accidente de coche devastador que le había dañado la médula.
La noche antes de que Isabella regresara de un viaje de trabajo en Barcelona, Alejandro se sentó en esa silla de ruedas frente al espejo. Se vio disminuido, vulnerable. Sintió el terror real de quienes pierden la movilidad, aunque lo suyo fuera teatro. Respiró hondo, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. Estaba a punto de destruir su vida perfecta para encontrar una verdad que, quizás, no le gustaría. Escuchó el motor del coche de Isabella entrar en la propiedad. El sonido de la grava bajo las ruedas fue como el redoble de un tambor de ejecución. Ya no había vuelta atrás. Se acomodó en la silla, dejó caer las manos sobre su regazo inerte y esperó el momento que cambiaría su destino para siempre.
La entrada de Isabella fue, como siempre, teatral. Los tacones resonaron en el mármol del vestíbulo antes de que su perfume, una fragancia costosa y penetrante, inundara la habitación. Entró corriendo, gritando su nombre, pero Alejandro, entrenado en leer el lenguaje corporal en salas de juntas hostiles, notó el detalle: antes de abrazarlo, ella se detuvo una fracción de segundo. Sus ojos no buscaron los de él, sino que escanearon la silla de ruedas, las piernas inmóviles, el aparato médico. Había horror, sí, pero no era el horror de la compasión, sino el del disgusto.
—¡Alejandro! ¡Por Dios! —exclamó, arrodillándose con cuidado de no arrugar su vestido de seda—. Me dijeron que fue terrible. ¿Qué dicen los médicos? ¿Cuándo volverás a caminar?
Alejandro soltó la bomba con voz quebrada, interpretando su papel: —No lo saben, Isa. Podrían ser meses… o años. Quizás nunca vuelva a caminar. Necesitaré ayuda para todo. Para bañarme, para vestirme… mi vida ha cambiado por completo.
Vio cómo la máscara de Isabella se agrietaba. Un destello de pánico puro cruzó su mirada. Se levantó lentamente, alisándose la falda, y comenzó a caminar por la habitación, evitando mirarlo.

—Pero… tenemos la gala de caridad la próxima semana —balbuceó ella, más para sí misma que para él—. Y el viaje a las Maldivas en octubre. Alejandro, esto es… es muy complicado. Yo tengo mi carrera, mis contratos. No puedo convertirme en enfermera de la noche a la mañana.
Las palabras dolían, no porque le sorprendieran, sino porque confirmaban sus peores temores con una rapidez insultante. Ni siquiera habían pasado cinco minutos y ella ya estaba calculando cómo su “discapacidad” afectaría su agenda social.
En medio de ese torbellino de excusas egoístas que Isabella empezaba a tejer, la puerta se abrió suavemente. Era Carmen, la empleada doméstica. Carmen llevaba tres años trabajando en la mansión, pero para Alejandro había sido poco más que una sombra eficiente: una figura silenciosa que mantenía su mundo en orden, siempre con la cabeza baja, siempre discreta.
Carmen traía una bandeja con té y analgésicos. Al ver a Alejandro en la silla, la bandeja tembló ligeramente en sus manos, pero no se le cayó. A diferencia de Isabella, Carmen no gritó. Dejó la bandeja en una mesa auxiliar y se acercó a él. Sus ojos oscuros y profundos se llenaron de lágrimas, pero no de lástima, sino de una empatía cruda y humana. Sin decir una palabra, se arrodilló, le acomodó la manta que se le había resbalado de las piernas y le puso una mano en el hombro. El calor de su mano traspasó la camisa de Alejandro, un contacto firme y real que contrastaba con la frialdad del ambiente.
—Señor Alejandro —susurró ella, con su suave acento gallego—, estamos aquí. No está solo. Lo vamos a sacar adelante.
Isabella, molesta por la interrupción y la intimidad del gesto, aprovechó para excusarse. Dijo que tenía que llamar a su agente, que el shock era demasiado fuerte, y salió de la habitación casi corriendo, huyendo de la enfermedad como si fuera contagiosa.
Los días siguientes fueron una revelación brutal. Isabella apenas aparecía por la habitación. Se la pasaba al teléfono, cancelando planes con voz irritada, o salía de compras “para despejarse”. Cuando entraba a verlo, lo hacía con una sonrisa forzada, manteniéndose a una distancia prudente, como si la silla de ruedas fuera un campo de fuerza que repelía su vanidad.
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