CAPÍTULO 7: LA RECONSTRUCCIÓN
Los meses siguientes fueron extraños y reveladores.
Cumplí mi palabra. Corté el flujo de dinero a Jessica y Miguel. Fue un caos. Jessica tuvo que despedir a dos empleadas y empezó a vender su ropa de marca en internet para pagar la luz de su mansión. Miguel tuvo que vender su BMW y comprar un auto más modesto. Me llamaban llorando, quejándose, pero yo no cedí.
—Bienvenido al mundo real —les decía y colgaba.
Por otro lado, la relación con Daniel y Sara floreció. Aceptaron dirigir la fundación “Corazones Unidos”, dedicada a dar becas a niños de bajos recursos. Ver a Daniel trabajar con pasión, gestionando recursos para escuelas rurales, me devolvió la vida. Era brillante, organizado y, sobre todo, humano.
Yo también cambié. Dejé de ir a la oficina todos los días. Empecé a pasar tardes enteras en casa de Daniel (ahora ampliada y remodelada, pero manteniendo su esencia sencilla). Aprendí a cocinar con Sara. Me enseñó a hacer mole de olla y a tejer. Descubrí que me gustaba más platicar con ella mientras desgranábamos chícharos que asistir a las galas de beneficencia vacías de la alta sociedad.
Un día, Sara me devolvió algo.
Estábamos en el jardín nuevo. Me extendió una cajita de terciopelo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Ábralo.
Eran unos aretes. No de diamantes. Eran de plata, sencillos, con una pequeña piedra azul.
—Los compré con mi primer sueldo de la fundación —dijo ella—. No son Cartier, pero…
—Son los más hermosos que he tenido —la interrumpí, con la voz quebrada. Me los puse de inmediato. Nunca me los volví a quitar.
Pero la historia no podía terminar sin un último giro. La vida real no es un cuento de hadas donde todos aprenden su lección y son felices para siempre.
Un año después de “La Prueba”, Miguel vino a verme. Se veía diferente. Más delgado, más cansado, pero con una mirada distinta.
—Mamá —me dijo, sentándose en mi sala—. Vendí el penthouse.
—¿Por qué? —pregunté, sorprendida.
—No podía pagarlo. Y… ya no quería pagarlo. Me mudé a un departamento más chico, cerca del hospital. Estoy viendo más pacientes del sector salud, no solo a los ricos. Gano menos, pero… duermo mejor.
Me contó que había empezado a ir a terapia. Que se había dado cuenta de lo vacío que estaba. Que aquella noche en que me dio 500 pesos lo perseguía en pesadillas.
—No sé si algún día puedas perdonarme de verdad —dijo, con lágrimas en los ojos—. Pero quiero intentar ser el hijo que te mereces. No por el dinero. Sino porque no quiero morir solo.
Lo abracé. Fue un abrazo tenso al principio, pero luego él se rompió y lloró como un niño en mi hombro. Había recuperado a uno.
Jessica, en cambio, siguió siendo Jessica. Se casó con otro hombre rico, se alejó de la familia y siguió viviendo en su burbuja. A veces el amor de madre no es suficiente para salvar a quien no quiere ser salvado. Me duele, sí. Pero ya no me quita el sueño. Sé que hice lo que pude.
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