Colgué.
Sara me miraba con la boca ligeramente abierta. La confusión en su rostro se transformaba lentamente en comprensión. Era una mujer inteligente.
—Usted no está en la ruina, ¿verdad? —preguntó en un susurro.
Suspiré y me quité el abrigo viejo que me picaba la piel. Me enderecé la espalda.
—No, Sara. No lo estoy. Tengo más dinero del que tú y Daniel podrían gastar en diez vidas.
—¿Entonces…? —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de ambición, sino de dolor—. ¿Fue una prueba? ¿Vino aquí a burlarse de nuestra pobreza?
—No —me apresuré a decir, apretando sus manos—. Vine a buscar a mi familia. Y la encontré. Pero no donde yo creía.
Le conté todo. Le conté de Jessica y su portazo. De Miguel y sus 500 pesos. Le conté cómo me sentí anoche al escucharlos hablar de los anillos.
—Sara, perdóname. Necesitaba saber si me querían a mí o a mi chequera. Ustedes fueron los únicos que pasaron la prueba sin saber que era una prueba.
Sara se quedó callada un largo rato. Luego, hizo algo que me sorprendió. Se levantó y me abrazó.
—Qué sola se debió sentir para tener que hacer algo así, Doña Linda. Qué triste que tuviera que disfrazarse para ver la verdad.
Esa compasión me desarmó otra vez. No estaba enojada por el engaño; estaba triste por mi soledad.
—Roberto llega en 45 minutos —le dije secándome las lágrimas—. Cuando lleguen Jessica y Miguel, esto se va a poner feo. Necesito que le hables a Daniel. Que venga. Quiero que esté aquí.
—Él no va a querer su dinero, Doña Linda —me advirtió Sara—. Usted sabe cómo es él.
—Lo sé. Por eso él es el único que lo merece.
Los siguientes minutos fueron de una tensión eléctrica. Me lavé la cara y me peiné lo mejor que pude con el agua del grifo. Aunque seguía vestida con harapos, mi postura había cambiado. Ya no era la mendiga; era la jueza. Y el juicio estaba a punto de comenzar.
A las 10:00 AM en punto, escuché el motor de autos caros frenando afuera. Me asomé por la ventana de cortinas deshilachadas.
Ahí estaban.
La camioneta Mercedes blanca de Jessica.
El BMW deportivo de Miguel.
Y detrás de ellos, la Suburban blindada negra de Roberto con mis escoltas.
Los vecinos empezaban a salir de sus casas, curiosos por el desfile de autos de lujo en su calle llena de baches.
Vi a Jessica bajar de su auto, poniéndose unos lentes oscuros enormes, mirando el suelo de tierra con asco, cuidando que sus tacones no se ensuciaran. Miguel bajó ajustándose el saco, con cara de fastidio, checando su reloj.
No sabían lo que les esperaba. Creían que venían a resolver un “problema legal” con la vieja loca de su madre. No sabían que venían a su propia sentencia.
La puerta sonó. Tres golpes secos.
—¡Ábreles, Sara! —dije con voz firme, sentándome en el viejo sillón como si fuera un trono real—. Que pasen.
Sara abrió la puerta. Jessica entró sin saludar, empujando prácticamente a mi nuera.
—¿Dónde está? Roberto dijo que era urgente. ¡Qué lugar tan espantoso! Huele a… —se detuvo en seco cuando me vio.
Yo estaba sentada, cruzada de piernas, con la mirada clavada en ella. A mi lado, Roberto, mi abogado, de pie y con el maletín abierto sobre la mesita de centro.
—Hola, hija —dije con una sonrisa helada—. Bienvenida a la realidad.
CAPÍTULO 5: MÁSCARAS CAÍDAS
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