CAPÍTULO 3: EL PESO DEL ORO
La casa de Daniel era pequeña, apenas dos habitaciones y un baño compartido. Las paredes tenían humedad en las esquinas y el piso era de loseta vinílica vieja, de esa que se levanta con el tiempo. Pero estaba limpia. Impecablemente limpia.
Sara me sirvió un plato de frijoles con huevo y tortillas recién hechas a mano. No había carne, no había vino, no había vajilla de porcelana. Pero me supo a gloria. Comí con avidez, mientras ellos me observaban con una mezcla de preocupación y ternura. Nadie me preguntó por qué olía mal. Nadie me preguntó qué dirían los vecinos.
—Te preparamos el cuarto, mamá —dijo Daniel cuando terminé, retirando mi plato—. Vas a dormir en nuestra cama. Es la más cómoda.
—No, hijo, de ninguna manera —protesté—. Ustedes tienen que trabajar mañana. Yo me quedo aquí en el sofá.
—Ni hablar —interrumpió Sara con una sonrisa firme—. Usted es la mamá de Daniel. En esta casa, la familia es primero. Nosotros nos acomodamos aquí en la sala, no se preocupe.
Me llevaron a su habitación. Era sencilla. Una cama matrimonial con una colcha tejida a gancho, seguramente por Sara. En el buró, una foto de su boda. Daniel llevaba un traje que le quedaba grande (prestado, seguramente) y Sara un vestido sencillo, pero sus sonrisas eran tan brillantes que opacaban cualquier joya.
Me acosté en esas sábanas que olían a suavizante barato y a lavanda. El cansancio de los últimos tres días me golpeó de repente, pero no podía dormir. Mi mente era un torbellino. ¿Cómo era posible que el hijo al que yo consideraba un “fracasado” financiero fuera el único con riqueza humana?
Pasada la medianoche, la sed me levantó. Caminé de puntitas hacia la cocina para no despertarlos. La luz de la luna entraba por la ventanita de la sala y vi una escena que me partió el alma: Daniel y Sara intentaban dormir en el sofá, que era demasiado pequeño para los dos. Estaban hechos un nudo, abrazados para no caerse y para darse calor, porque solo tenían una cobija extra y me la habían dado a mí.
Me iba a regresar en silencio cuando escuché sus voces. Eran susurros, pero en el silencio de la noche se oían claros.
—Amor, ya no tenemos dinero para la quincena —susurró Daniel con voz angustiada—. Con lo de la medicina de mamá y la comida extra… no nos va a alcanzar para el gas.
—No te preocupes, Dani —respondió Sara, acariciándole el cabello—. Ya pensé en algo.
Hubo una pausa. Escuché el sonido metálico de algo siendo colocado sobre la mesa de centro.
—Mañana voy a ir al Monte de Piedad antes de irme al trabajo —dijo Sara—. Voy a empeñar mi anillo de bodas. Y tú deberías llevar el tuyo.
—¡No, Sara! —el susurro de Daniel fue casi un grito ahogado—. Son nuestros anillos. Es lo único de valor que tenemos. Te prometí que nunca te lo quitarías.
—Son solo metal, mi amor —dijo ella con una dulzura que me hizo temblar—. Nuestro matrimonio no está en esos anillos, está aquí, entre nosotros. Tu mamá nos necesita. Ella te dio la vida, te pagó la escuela aunque tú dices que siempre te echó en cara lo del dinero… pero es tu mamá. Si tenemos que vender los anillos para que ella coma y tenga medicinas, lo hacemos.
Me tapé la boca para no soltar el llanto.
Esos anillos eran simples bandas de oro de 10 quilates. Probablemente no les darían más de 1,500 pesos por los dos. Y aun así, estaban dispuestos a entregarlos sin dudarlo.
Mientras tanto, Jessica tenía unos aretes de diamantes de 80 mil pesos puestos cuando me cerró la puerta. Miguel traía un reloj de 150 mil pesos cuando me dio el billete de 500.
Me recargué en la pared, sintiendo cómo las lágrimas calientes lavaban la mugre de mi cara. Yo, Linda Montes, con 58 millones de pesos en el banco, estaba a punto de causar que mi hijo menor vendiera su alianza de matrimonio para alimentarme.
La vergüenza que sentí fue más grande que cualquier orgullo empresarial que hubiera tenido jamás. Había juzgado a Sara por ser pobre. La había mirado con desdén en las reuniones familiares porque no sabía de vinos ni de viajes a Europa. Y esa mujer, esa “pobre”, tenía una nobleza que yo no había podido comprar con todo mi dinero.
Regresé a la cama temblando. Esa noche no dormí. Lloré. Lloré por los años perdidos, por la ceguera de mi ambición y por la inmensa lección de humildad que estaba recibiendo en esa casita de techo de lámina.
CAPÍTULO 4: EL JUICIO FINAL SE PREPARA
El olor a café de olla y pan tostado me despertó, aunque en realidad solo había dormitado un par de horas. Me levanté. Daniel ya se había ido a la escuela; él entraba a las 7:00 AM para recibir a sus alumnos.
Sara estaba en la cocina, con la misma ropa del día anterior. Cuando me vio, sonrió. Una sonrisa cansada pero genuina.
—Buenos días, Doña Linda. ¿Durmió bien? Aquí le tengo su desayuno. Daniel se fue temprano, pero me dejó dicho que no se preocupe por nada, que hoy en la tarde vemos cómo resolver lo de su situación.
Me senté a la mesa. Miré sus manos mientras me servía el café. Ya no traía su anillo.
Sentí un golpe en el pecho. Lo había hecho. De verdad había ido a empeñarlo o lo tenía guardado para llevarlo más tarde. No podía permitirlo. La farsa tenía que terminar hoy mismo. Ya había visto suficiente. Ya sabía quién era quién.
—Sara —le dije, tomándola de la mano. Sus manos estaban ásperas por el trabajo de limpieza, pero eran cálidas—. Siéntate, por favor.
—Tengo que irme a trabajar en un ratito, Doña Linda, limpio unas oficinas en el centro y…
—Siéntate —insistí con suavidad pero con firmeza.
Ella obedeció, mirándome con curiosidad.
—Sara, necesito hacer una llamada. ¿Me prestas tu celular? El mío… bueno, supongamos que no lo tengo.
—Claro.
Marqué el número de Roberto, mi abogado. Lo sabía de memoria. Puse el altavoz.
—¿Bueno? —contestó Roberto al primer tono.
—Roberto, soy Linda.
Hubo un silencio al otro lado. Sara frunció el ceño. Mi voz había cambiado. Ya no era la voz de la anciana derrotada; era la voz de la CEO, la voz de mando que había dirigido un imperio por tres décadas.
—¡Doña Linda! Estaba preocupadísimo. ¿Está bien? ¿Dónde está?
—Estoy en casa de Daniel. Roberto, escúchame bien. Se acabó el teatro. Quiero que vengas aquí en una hora.
—Entendido. ¿Llevo los papeles del divorcio de la empresa y lo de la herencia como habíamos quedado?
—Trae todo. Y Roberto… —hice una pausa, mirando a Sara a los ojos—. Trae a los de seguridad. Y avísales a Jessica y a Miguel. Diles que encontraste a su madre y que es urgente que vengan a esta dirección. Diles que es un asunto de vida o muerte legal.
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