Daniel vivía al otro lado de la ciudad, en los límites con el Estado de México. Un lugar al que Jessica y Miguel llamaban despectivamente “la favela”. Yo misma había evitado visitarlos muchas veces, inventando excusas de trabajo para no tener que ir a esa casa pequeña, calurosa y ruidosa, donde los perros ladraban en la calle y la música de los vecinos retumbaba las paredes.
Tuve que tomar el metro. Fue una odisea. La gente me empujaba, me miraban feo. Me senté en el suelo de un vagón porque no había asientos, y nadie se ofreció a ayudarme. Tardé dos horas en llegar. Ya había caído la noche cuando me bajé del pesero en la esquina de su calle.
La colonia estaba mal iluminada. Había baches en el pavimento y basura en las esquinas. Pero, a diferencia de las calles muertas de las Lomas, aquí había vida. Había una señora vendiendo tamales en la esquina, niños jugando fútbol en la calle a pesar de la hora.
Caminé hacia la casa de Daniel. Era una construcción sencilla, de un solo piso, con la pintura color crema descascarada y una reja negra oxidada. No había jardín de diseñador, solo unas macetas con geranios que Sara cuidaba con esmero.
Me detuve frente a la puerta de lámina. Mis piernas temblaban. Tenía miedo. No miedo de que me rechazaran, sino miedo de confirmar que yo había fallado completamente como madre. Si Daniel, el hijo al que yo menos había apoyado, también me cerraba la puerta… entonces mi vida entera habría sido un fracaso.
Toqué el timbre. No funcionaba. Toqué con los nudillos en la lámina.
—¡Ya va! —gritó una voz desde adentro. Era Sara.
Escuché los pasos acercarse. El chirrido del pasador al abrirse. Y entonces, la puerta se abrió de par en par.
Sara estaba ahí, con un mandil puesto y las manos llenas de harina. Llevaba el cabello recogido en una coleta despeinada y ropa sencilla. Cuando me vio, sus ojos se abrieron como platos. No hubo asco. No hubo juicio. Solo sorpresa pura.
—¿Doña Linda? —preguntó, y luego, al ver mi estado, soltó un grito ahogado—. ¡Dios mío! ¡Daniel, corre! ¡Es tu mamá!
Antes de que pudiera decir mi discurso ensayado sobre la bancarrota, Sara ya me había tomado del brazo y me estaba metiendo a la casa, lejos del frío de la calle.
—¡Pásale, pásale! ¡Pero qué te pasó! Estás helada.
Daniel salió corriendo de la cocina. Traía una playera vieja de un partido político y unos pans gastados. Cuando me vio, se puso pálido.
—¿Mamá? —Corrió hacia mí y, a diferencia de sus hermanos, no se detuvo a mirar mi ropa sucia. Me abrazó. Me abrazó con fuerza, sin importarle el mal olor, sin importarle la mugre—. ¿Qué tienes? ¿Te asaltaron? ¿Estás herida?
Me solté a llorar. Esta vez, las lágrimas eran reales.
—Lo perdí todo, hijo. No tengo nada. No tengo a dónde ir.
Daniel me tomó el rostro entre sus manos. Sus manos calientes y rasposas.
—¿Cómo que no tienes a dónde ir? —me dijo, mirándome a los ojos con una intensidad que me desarmó—. Estás en tu casa, mamá. Siempre has tenido una casa aquí.
Sara ya estaba trayendo una silla y una cobija.
—Siéntese, Doña Linda. Ahorita le caliento un cafecito de olla y unos frijoles. No es mucho, pero está calientito.
Me senté en su sillón viejo, ese que tenía los resortes vencidos. Olía a hogar. Olía a amor. Y mientras veía a mi hijo y a mi nuera moverse a mi alrededor, preocupados solo por mi bienestar y no por mi cartera, supe que la verdadera prueba apenas comenzaba. Porque lo que descubriría esa noche, escuchando detrás de la puerta, me destrozaría el corazón de gratitud y culpa.
PARTE 2
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