Miré los números en mi escritorio. Jessica y Miguel me habían costado fortunas: maestrías en el extranjero, bodas en haciendas de lujo, casas en las zonas más caras. Daniel, en cambio, vivía en una casita de interés social que pagaba con su crédito del Infonavit, casado con Sara, una chica humilde que limpiaba oficinas para ayudar con los gastos.
La diferencia me golpeó como un mazo. Había criado a dos parásitos con ropa de marca y a un ser humano real. Pero necesitaba estar segura. Necesitaba saber si debajo de esas capas de vanidad y egoísmo, quedaba algo de los niños que yo había arrullado.
Llamé a Roberto, mi abogado y único confidente.
—Voy a desaparecer, Roberto. Voy a fingir que la empresa quebró, que me embargaron todo. Voy a ir a sus casas como una indigente.
Roberto intentó detenerme.
—Doña Linda, usted tiene 61 años. La calle es peligrosa. Su salud…
—Mi salud está peor sabiendo que he criado mercenarios en lugar de hijos —lo corté—. Prepara todo.
Me transformé. Guardé mis trajes Chanel, mis relojes Cartier y mi dignidad en la caja fuerte. Fui al mercado de La Lagunilla y compré ropa usada: un abrigo gris que olía a humedad y naftalina, unos pantalones manchados, y unos zapatos desgastados. Dejé de lavarme el cabello por tres días. Me ensucié las uñas con tierra de maceta.
Cuando me miré al espejo, Linda Montes había desaparecido. Solo quedaba una vieja triste y acabada. Una “nadie”.
La primera noche la pasé en la Terminal de Autobuses del Norte. Quería que mi miseria fuera auténtica. Dormí en una banca de metal, abrazada a una bolsa de plástico negra con mis pocas “pertenencias”. El olor a orina, el frío que calaba los huesos, la indiferencia de la gente que pasaba y me esquivaba como si fuera basura… todo eso me sirvió de armadura.
Al tercer día, estaba lista. Olía mal, tenía ojeras reales y el estómago pegado a la espalda. Tomé un camión hacia las Lomas.
La casa de Jessica era imponente. Jardines perfectos, cámaras de seguridad, autos de lujo en la entrada. Toqué el interfón.
—¿Sí? ¿Qué quiere? No damos dinero —dijo su voz metálica y aburrida.
—Hija… soy yo. Mamá.
Hubo un silencio largo. El portón se abrió solo unos centímetros, lo suficiente para que yo entrara, pero no lo suficiente para invitarme.
Caminé por el sendero de piedra laja. Jessica salió, pero se quedó bloqueando la entrada principal. Llevaba un conjunto deportivo color salmón que costaba más de lo que una familia promedio gana en un año.
—¿Mamá? —Su cara se contorsionó en una mueca de horror—. ¿Qué te pasó? ¡Hueles horrible!
—Lo perdí todo, hija —dije, y mi voz temblorosa no fue actuada; estaba aterrada de su reacción—. La empresa quebró. El banco me quitó la casa, las cuentas, todo. Llevo tres días durmiendo en la calle. No tengo a dónde ir.
Jessica miró nerviosamente hacia la casa de los vecinos.
—Mamá, esto no puede estar pasando hoy. Tengo una cena con los socios de Roberto. No puedes estar aquí así.
—Solo necesito un lugar para dormir, hija. El cuarto de servicio, el garaje… lo que sea.
—¡No! —me cortó tajante—. ¿Estás loca? ¿Qué van a decir las muchachas de servicio? ¿Qué van a decir mis amistades si ven a mi madre convertida en… esto?
—Soy tu madre, Jessica. Yo te di esta casa.
—Y te lo agradezco, pero eso no te da derecho a venir a arruinar mi imagen. Mira, ve a un albergue. Hay muchos en el centro. Cuando te bañes y resuelvas tus problemas, hablamos. Pero ahorita, vete. Por favor.
Me cerró la puerta. Escuché el “clic” del cerrojo de seguridad. Me quedé ahí, frente a la madera barnizada, llorando no por la pobreza fingida, sino por la pobreza real del corazón de mi hija.

CAPÍTULO 2: EL PRECIO DE LA SANGRE
Salí de la privada de Jessica con el alma arrastrando. El guardia de seguridad de la caseta me miró con sospecha mientras salía, como asegurándose de que la “vieja loca” no se hubiera robado nada. Si él supiera que yo era la dueña de la empresa que fabricaba los uniformes que él llevaba puestos, se habría desmayado. Pero en ese momento, yo no era Doña Linda. Era solo una molestia.
Caminé durante casi una hora para llegar a la zona de Polanco, donde vivía Miguel. Mis pies, desacostumbrados a caminar tanto y menos con zapatos rotos, me dolían horrores. Tenía ampollas vivas en los talones. El hambre me provocaba mareos. Pasé frente a restaurantes donde la gente comía cortes de carne y bebía vino, y por primera vez en mi vida entendí la invisibilidad de la miseria. Nadie me miraba a los ojos. Era como si fuera un fantasma.
El departamento de Miguel era un penthouse en un edificio inteligente. Tuve que rogarle al conserje que le avisara que su madre estaba abajo.
—Dice el Doctor que suba por el elevador de servicio —me dijo el conserje, arrugando la nariz.
Elevador de servicio. Mi propio hijo.
Cuando llegué a su piso, Miguel ya me esperaba en el pasillo, fuera de su departamento. No me iba a dejar entrar. Llevaba su bata blanca impecable, listo para irse al hospital.
—¿Madre? —preguntó, escaneándome de arriba a abajo con esa mirada clínica y fría—. ¿Es una broma? Jessica me llamó, dijo que estabas delirando.
—No es broma, hijo. Estoy en la ruina. Necesito ayuda.
Miguel suspiró, un sonido largo de fastidio, como cuando se le cae el sistema en el hospital. Se ajustó el reloj Rolex en la muñeca.
—Mamá, esto es… complicado. Sabes que mi esposa es muy especial con la limpieza y el orden. Tenemos visitas programadas. Además, tengo una cirugía a corazón abierto en dos horas, necesito concentración total, no puedo lidiar con dramas.
—No es drama, Miguel. Tengo hambre. No tengo dónde dormir.
Él metió la mano en su bolsillo y sacó su billetera de piel italiana. Sacó un billete de 500 pesos.
—Ten —me lo extendió con el brazo estirado, evitando cualquier contacto físico—. Ve a un hotel de paso. Cómprate algo de comer y unos zapatos baratos. Mañana le digo a mi secretaria que te busque algún asilo o algo del gobierno.
—¿Un asilo? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Miguel, te pagué la carrera de medicina. Te compré este departamento. ¿Y me ofreces 500 pesos y un asilo?
Se puso tenso. Su mandíbula se apretó.
—No me eches en cara el pasado, mamá. Eso fue tu obligación como padre. Ahora, por favor, toma el dinero y vete. Si mis vecinos te ven así, van a pensar que soy un mal hijo, y eso afecta mi reputación. Y mi reputación es lo que paga mis cuentas.
Tomé el billete. Estaba arrugado. Lo guardé en mi bolsa de plástico junto con mi dignidad hecha pedazos.
—Que Dios te bendiga, hijo —le dije.
—Sí, sí, lo que sea. Báñate, por favor. Hueles a metro.
Se dio la vuelta y entró a su fortaleza de cristal y acero.
Me quedé sola en el pasillo de servicio, con 500 pesos en la mano y el corazón vacío. Ya tenía dos respuestas. Dos hijos que preferían su imagen a su madre. Dos hijos que, ante la primera señal de problemas, me desechaban como a un trapo viejo.
Me quedaba una carta. La más difícil.
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