Uno de esos martes fríos en los que el aire sabe a metal y a gases de escape, e incluso las farolas de la calle parecen apagadas.
En La Palma Dorada todo estaba diseñado para mentir.
Las copas de cristal brillaban como diamantes. Los manteles blancos ocultaban manchas que era mejor no mencionar. La música era lo suficientemente suave como para ser elegante, pero no lo suficiente como para ocultar secretos.
Los hombres trajeados hablaban en voz baja, con cuidado de pronunciar los nombres. Los camareros se movían como fantasmas, sin cruzar la mirada con nadie.
En este restaurante el silencio no era una cuestión de cortesía.
El silencio era una forma de supervivencia.
En el rincón del fondo, bajo una lámpara ámbar que hacía que todos parecieran más cálidos de lo que en realidad eran, estaba sentado Don Vicente Torres.
Cincuenta y tres años. Manos grandes. Ojos oscuros. Un sencillo anillo en la mano derecha, como una discreta advertencia.
Él no levantó la voz.
No estaba obligado.
A su alrededor estaban sentados sus lugartenientes, vestidos de gala, simulando discutir de negocios como cualquier otro hombre de negocios en cualquier otra ciudad.
Pero el “negocio” de Vicente no necesitaba recibos.
Había que obedecerlo.
Y miedo.
Su mundo funcionaba como un reloj: números, rutas, servicios prestados, problemas resueltos con tal facilidad que uno juraría que nunca existieron.
Vicente había sobrevivido porque vivía según una única regla:
Los sentimientos son un lujo. Y el lujo es una trampa mortal.
Por eso, cuando la pesada puerta de roble se abrió de repente con un sonido como de disparo, la habitación se vació tan rápidamente que parecía como si la hubieran desenchufado.
Cada horquilla se detuvo en el aire.
Toda conversación se evaporó.
Incluso el pianista dudó.
Una niñita estaba parada en el umbral.
No más de siete.
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